¿POR QUÉ SOMOS COMO SOMOS?


Escrito del doctor Nicomedes Febres Luces(*) leído en la Biblioteca Herrera Luque con motivo de la presenación de los libros: Boves el urogallo, Bolívar de carne y hueso y Una conversación final. El día sábado 17 de marzo de 2018.
No tuve la suerte de conocer personalmente a Francisco Herrera Luque quien fue profesor de la cátedra de psiquiatría de la Universidad Central de Venezuela en los tiempos de comenzar mis estudios médicos, pero fuí un diligente lector de sus novelas que junto con la de Gallegos constituyen el mejor discurso que describe la nacionalidad venezolana desde el punto de vista literario y a la cual no me voy a referir por cuanto presumo que es lo más conocido por el gran público y hay expertos que se han dedicado a estudiarla en profundidad, pero fue su obra psico sociológica derivada de sus estudios psiquiátricos son los que me permitieron comprender la verdadera dimensión de su trabajo. Herrera es un autor muy original dentro de los ensayistas venezolanos y el que  propone una tesis y una teoría sobre porqué somos como somos, que es la pregunta que  acogota a todos los intelectuales venezolanos.

El primer libro donde trata de abordar esa angustia existencial que agobia a nuestros pensadores fue La huella perenne donde hace un ejercicio de erudición de sus estudios historiográficos sobre la estirpe real europea a través de las distintas monarquías del antiguo continente y sus psicopatologías. Unas francamente psicóticas, léase locos, y otras psicopatologías derivadas de los valores raciales, religiosos o culturales de ese viejo tiempo a los ojos de un hombre del siglo XX. Esa obra sirve para que, ya reconocido Herrera Luque como un soberbio estudioso de nuestra historia, que lo fue y mucho, pueda desarrollar sus tesis expresadas en Los viajeros de Indias.

En Los Viajeros de Indias se pasea por la vida española en los tiempos de El Descubrimiento de América, las peripecias de Fernando De Aragón e Isabel de Castilla, pero especialmente de sus súbditos en las provincias al norte de la península Ibérica, con énfasis en sus legionarios que los ayudaron a lograr la expulsión de los moros de esas tierras, los valores de esos hombres y sus méritos, pero también el qué hacer con ellos para recompensarlos por su esfuerzo bélico, un servicio militar que no se circunscribía entonces al descubrimiento de América, su conquista y ulterior defensa de las posesiones en el Nuevo Mundo, sino también en las guerras de Italia comandadas por el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, o las guerras religiosas contra el protestantismo y las guerras por las posesiones imperiales en Europa, dentro de un Imperio tan grande que allí no se ponía el sol. Y una Ley de Mayorazgo sin asidero real fuera de la Península Ibérica.

Herrera va a los institutos españoles a escudriñar los archivos históricos de esa época, pero va también a los archivos de los hospitales españoles a buscar las historias individuales de los enfermos mentales de entonces y contrastarlos con los archivos de nuestros pudrideros psiquiátricos a ambos lados del Atlántico. De ese maremágnum de estudios deduce sus tesis históricas y sociológicas.

Según Herrera somos todos nosotros herederos de los pocos más de dos mil quinientos españoles que llegaron a Venezuela en el siglo XVI a una colonia, que si bien era la primera de Tierra Firme en toparse con los conquistadores ávidos de oro y poder, era también la más pobre y ya los viajeros de la época estaban comenzando a creer que el mito de El Dorado era solo un cuento que servía para que los aborígenes se desentendieran de los molestos intrusos recién llegados y contra quienes sus armas poco podían hacer, entonces, lo que no podían las armas, que lo hiciera la naturaleza tropical americana bravía y sus enfermedades endémicas, más aun cuando las riquezas del oro y la plata eran evidentes en lo que después serían los lejanos virreinatos de Mexico, el asombroso Perú o del Río de La Plata. En una época cuando la plata valía más que el oro por su rareza en Europa según los banqueros holandeses y venecianos.

Por eso a los virreinatos enviaron los reyes a sus mejores recursos humanos, a sus mejores burócratas, a sus más honestos administradores, a los más aptos clérigos formados a la carrera dentro de una provincia española muy rústica, como podían ser entonces Castilla o Aragón, que de golpe y porrazo el Descubrimiento las había transformado en una potencia mundial gracias a esos recursos. Por eso a los españoles de aquella época les era más conveniente y más seguro internarse en los territorios donde había riquezas probadas, riquezas que no eran cuentos de camino selváticos. Ellos eran hombres ávidos de riqueza para regresar a España ricos y poderosos como se canta  en la zarzuela de Los Gavilanes.

Pero esos pocos más de dos mil quinientos hombres se asientan en lo que hoy es Venezuela y aquí siembran su simiente en los vientres de nuestras mujeres aborígenes, no siempre contra su voluntad, porque el trato de los aborígenes a sus mujeres no era usualmente el mejor, pues si bien no  había una cultura nacional, muchas de esas culturas tribales  a las mujeres las vendían, las compartían o las maltrataban. Incluso las relaciones monogámicas no eran una costumbre dominante. A un porcentaje importante de esas aborígenes los españoles les dieron un trato mejor que el recibido de los hombres de su etnia. Además, ustedes saben que a las mujeres le gustan los hombres poderosos, los hombres que las requiebren y las protejan. Incluso las crónicas narran conflictos entre los españoles por el usufructo de los encantos de algunas de ellas como fue el asesinato de Antonio Sedeño el capitán jefe de Losada que fue enviado a fundar a Caracas desde El Tocuyo y quien murió envenenado en el camino por mano femenina. O la cacica Anapuya, famosa por su belleza, y que se aficionó a coleccionar amantes españoles cuando pasaban por las riberas del Unare.  Algunas de esas mujeres se hicieron cacicas, que en sus haciendas se volvieron grandes productoras de bienes para el intercambio comercial. La única norma verdadera en aquél tiempo era que no había normas por mucho que hubiese decretos reales que poco se cumplían. Como dice Herrera Luque, de ese mestizaje venimos todos de una u otra manera, en mayor o menor grado. Todos herederos de poco más de los dos mil quinientos españoles del siglo XVI.

Si tomamos esas obras seminales del autor como sus ensayos históricos, estos estudios y escritos resultan verdaderas construcciones para explicarnos a nosotros mismos y del porqué somos como somos. Una explicación que no han podido darnos grandes pensadores y eruditos sobre Venezuela y su gente, escritores como el inmenso Mariano Picón Salas, él solo es un monumento a nuestra inteligencia, o Isaac Pardo, otro médico erudito de nuestra historia como pocos, ni siquiera Uslar Pietri, cuya erudición es legendaria, se atrevió a ofrecernos una explicación determinada y personal sobre nosotros mismos, o como el propio Juan Nuño, un venezolano de excepción reconocido como una de las cumbres más  altas del pensamiento latinoamericano del siglo XX  y estudioso de la hispanidad.

 Por eso la obra de Herrera es excepcional. Pero Herrera no recurre a las estadísticas, que las tiene,  para explicarnos sus conclusiones, ni a los ensayos científicos o psiquiátricos, o a dar pesadas conferencias como ésta, ni se va a las tertulias y sobremesas de Sabana Grande a conversar con sus interlocutores con un trago en la mano, como es lamentablemente frecuente en nuestros intelectuales, prefiere el camino arduo de sudar el texto de la novela histórica donde llega a ser un consumado maestro y lo hace para seducir a las grandes audiencias porque si haber vamos, la novela constituye el ochenta por ciento del consumo de libros en este país porque es el género que más entretiene  al gran público y si hubiese seguido el tradicional camino del ensayo no sería el titán literario que será siempre.

En cada novela suya hay una historia verídica subyacente, unos personajes reales interactuando, pero también una gran investigación histórica transformada en una novela que termina siendo tan verídica como la realidad, porque de ella nace. No hay imagen de Herrera que no haya sido perfectamente copiada de la realidad. Esa explicación del país por parte de Herrera es brillante, porque es la estrategia de sembrar en el inconsciente colectivo a la Historia mediante sus personajes lo que dio sus frutos pese al esfuerzo de manejar la ciencia, la historia, la literatura y la ficción, que no es poca cosa.

¿Como dudar que Los amos del valle o En la casa del pez que escupe el gua son solo justificaciones para que conozcamos esas historias y anécdotas atávicas  que se transmitieron oralmente de generación en generación en la vieja Caracas y que algunos historiadores atisbaron púdicamente, y luego Herrera las desplegó a calzón quitado; o cual es verdadero criminal que fue Boves, el de nuestros historiadores Ricardo Martínez o Casariego que tratan de defenderlo, o el de  Boves el urogallo de Herrera Luque, que será siempre el verdadero Boves, porque Boves como bien lo diría él es el arquetipo del resentimiento venezolano, o acaso no hemos padecido nosotros ese arquetipo en la Guerra Federal, y para no remontarnos tan lejos, no es acaso el resentimiento del tiempo presente? Como lo testimonió en una de sus últimas locuciones el difunto presidente que ya no vive, a quien Herrerra Luque no conoció, y a quien se le ocurrió  hacer una apología del terrible asturiano durante la conmemoración del Día de la Juventud bajo un inclemente aguacero Yo asombrado lo oí el año de 2012 durante esa fecha casi religiosa para nosotros, que es el Día de la Juventud en La Victoria por ser la conmemoración de una de las grandes fechas de la patria para nuestros jóvenes héroes que periódicamente dejas jóvenes héroes para que viva su epopeya siempre. ¿Cómo no intimar con el Libertador gracias al profundo ensayo sobre él que podemos apreciar en su libro Bolívar de carne y hueso y otros ensayos de nuestro autor?. Allí uno se siente conversando con Bolívar, de chinchorro a chinchorro y quizás con una buena copa de oporto en la mano, oyéndolo en su febril entusiasmo y seduciéndonos en busca de complicidad, porque para hacer lo que hizo Bolívar se necesitaba mucha gracia y mucha seducción. ¿Cómo no reconocer que nos intriga cómo el general Juan Vicente Gómez, un palurdo de La Mulera pudo controlar a esta nación por tan largo tiempo a comienzos del siglo XX gracias a su silencio y su malicia y además imponer una estética de la virilidad que duró casi un siglo y puede que en tiempos mejores aun siga?. Será verdad, como insinúa el autor, que el general Gómez sabedor de lo que vendría a su muerte le habría legado a la patria sus bienes, que eran casi la mitad de la riqueza nacional, mediante el ardid de la expropiación y gracias al talento político del general López Contreras, el militar civil por antonomasia y uno de los mejores presidentes de nuestra historia. Pero es en la novela póstuma de Herrera donde el autor se gradúa en su comprensión de Venezuela al actuar como pitonisa y pronosticar lo que vendría después en el siglo XXI en nuestra martirizada patria en una novela titulada 1998 donde la destrucción de la nación termina siendo producto de la acción de políticos insensatos e ignorantes y de militares felones.

(*) Nicomedes Febres Luces es médico psiquiatra, galerista y promotor de arte.

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