RECUERDO A ANTONIO ESTÉVEZ EN LA BIBLIOTECA HERRERA LUQUE

El panel de invitados

El panel de invitados

Rodolfo Izaguirre y María Margarita Herrera junto al público asistente

La Nena Urdaneta (hermana de Antonio Estévez) y Miguel y Raúl Delgado Estévez

RECUERDO A ANTONIO ESTÉVEZ EN LA BIBLIOTECA HERRERA LUQUE

(Subtítulo): En el centenario del natalicio (1926/1988) del gran músico, director, fundador del Orfeón Universitario de la UCV, la figura y obra de Estévez fue tomada por la Fundación Francisco Herrera Luque para dar inicio al ciclo de encuentros propuestos por Rodolfo Izaguirre, dedicados a la exaltación de los valores de la civilidad en Venezuela.

Como el punto de partida de la serie de conversatorios dedicados a figuras estelares de la civilidad en la Venezuela del siglo XX, el sábado 16/7, coordinado por Rodolfo Izaguirre, se celebró en la Biblioteca Francisco Herrera Luque (plaza Los Palos Grandes) el dedicado al músico Antonio Estévez, autor de la Cantata Criolla, director fundador en 1944 del Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela, director de la Orquesta Sinfónica de Venezuela además de creador del instituto de fonología establecido en Caracas en 1972.

Nuestro país cuenta entre sus necesidad no sólo honrar sino además difundir por todos los medios posibles la obra de quienes en la esfera civil sobresalieron gracias a sus contribuciones al enriquecimiento cultural, científico, político, económico, productivo, humanístico y en general de la venezolanidad. Los padres de nuestros grandes y más auténticos valores nacionales, ha planteado a la Fundación Herrera Luque el intelectual Rodolfo Izaguirre, comprometido a coordinar el ciclo iniciado evocando a Estévez.

Para conversar sobre el personaje cuyo año centenario se celebra este 2016, accedieron a participar la hermana de Antonio, profesora de música durante 32 años, María Estévez (La Nena), Raúl y Manuel Delgado Estévez, sobrinos seguidores de Antonio, portadores en los genes que marcan la notable herencia musical que viene de muy atrás pues incluye a no pocos antepasados de las familias Estévez y Aponte, de procedencia llanera.

Nativo de Calabozo, hijo de un hogar humilde, en Antonio (3/1/1926/Caracas 26/11/1988) el interés por la música afloró a corta edad. En cierto modo siguió los pasos de su padre, don Mariano, honrado y modesto músico calaboceño que hacía lo posible por sobrellevar con las limitaciones del medio, el sostenimiento de una familia numerosa hasta cuando, como lo narra José Balza en el hermoso texto de presentación de la iconografía de Antonio, publicada por la Biblioteca Ayacucho (Caracas, 1982): “En 1923 Mariano Estévez decide viajar a Caracas con la familia. Se le hace obligatorio buscar nuevas posibilidades de trabajo. A Antonio le entusiasma el sólido Ford en que viajan; pero su atención se concentra en la lenta proximidad de nuevas formas, que surgen a los lados de la carretera: cerros, montañas, caprichosas elevaciones de la tierra, que él nunca había imaginado. Y esa misma ondulación verde va a rodear el automóvil hasta la ciudad, donde un monte inconfundible, de viviente cromatismo y serena seducción, el Avila, disuelve atmósferas frías y transparentes. La familia vivirá en una cuadra bastante céntrica: el número 4,1 de Abanico a Socorro. Muy cerca, el puente Ochoa. El padre no tardará en trabajar como mesonero del restaurant (o "Salón de familia") "La India", ubicado entre Gradillas y Sociedad. Durante estos días, el niño establece no sólo su primer contacto con el suelo variable de la ciudad (bajadas y subidas, calles y escalinatas) sino también con el hielo, los helados y los billetes de lotería. Asimismo conoce los dulces y las pastas que su padre trae cada noche a casa desde "La India". Imborrable le resultará la impresión del carnaval en la Plaza López. Para el niño, que creció sin juguetes, el papelillo, las serpentinas, las cuentas de vidrio, son un tesoro. Recoge, guarda, utiliza estos milagros del color.” En Caracas todos teníamos que trabajar, dijo Doña María (o la Nena Estévez) quien a sus 93 años de edad, toda lúcida, recuerda que conservaban costumbres llaneras como no almorzar. Desayunaban muy bien, a mediodía servían una merienda y al anochecer, doña Carmen Aponte de Estévez, “quien siempre quiso que Antonio fuese músico”, preparaba otra comida fuerte en la que solía haber granos. Residían de Mamey a Dolores casa No. 103-3.

Antonio ayudaba con música en las iglesias después de haberse revelado contra el carácter militar de la Banda Marcial dirigida por el maestro Pedro Elías Gutiérrez quien llegó a decirle que por estudiar se estropeaba el pupilo aunque lo tenía candidateado para integrarse a la banca de la Marina de Guerra. Antonio defendió su condición de músico antes que militar en plena época gomecista ante lo cual opta por ceñirse a la escuela musical del maestro Pedro Emilio Sojo quien apreció las condiciones que podía desarrollar el muchacho cuyas virtudes musicales cataloga al punto que Miguel Delgado Estévez afirma que su tío se formó bajo la hegemonía musical del maestro Sojo para con los años representar dos momentos, un antes y el después, ambos muy respetables tiempos y figuras en los anales de nuestra música.

La de Antonio –dijeron sus sobrinos Manuel y Raúl -quien asume la reconstrucción del orfeón de la UCV a raíz del trágico accidente aéreo de Las Azores (1976)- era de personalidad impulsiva aunque se volvía irreflexiva sólo cuando irrespetaban la música.

José Balza refiere en poética nota biográfica que hasta 1942 “el músico se sostiene con su escaso sueldo de doscientos bolívares mensuales, en la Escuela de Música, y con las clases de canto que realiza en diversas escuelas y zonas de Caracas. Atiende niños de primaria. En la "Nueva Caracas", de Catia, se vio obligado a retirar del curso a un chiquillo moreno y activo pero inapto para cantar. "No creo que logres cantar nunca, muchacho", le dijo Estévez. Era el futuro pintor Jacobo Borges. En otro instituto, la Escuela "Rivas Baldwin", otro niño se especializa en arrojarle un certero grano de frijol cuando se descuida. Años más tarde, en la Cárcel Modelo, el músico escucharía al propio Aníbal Nazoa confesarle que él había sido aquel niño del fastidiosísimo frijol. El complemento del sueldo lo cubre con el trabajo del pequeño coro formado por él en el colegio Católico-Alemán.

“En 1942 es llamado por Dionisio López Orihuela, Director del Liceo "Andrés Bello", cuya sede funcionaba en la esquina de San Lázaro –prosigue el biógrafo y estupendo escritor Balza-. Por primera vez, Estévez tiene contacto musical con jóvenes bachilleres. Funda un coro grande, de voces mixtas. Cuando algunos de los estudiantes se gradúan y pasan a la universidad, piden desde ésta a Estévez la creación de un orfeón universitario. Los más entusiastas con el proyecto fueron los hermanos Otamendi, Aníbal Martínez, Lorenzo Figallo, Morella Muñoz y Jesús Sevillano. Rafael Pizani, Rector de la Universidad Central de Venezuela en ese momento, se entusiasma también con la idea, pero les participa su deber de pulsar opiniones antes, de consultar a las autoridades respectivas del Ministerio de Educación y de la Universidad misma. Rafael Vegas indica a Pizani y a Estévez la dificultad de crear el nuevo cuerpo, por motivos presupuestarios. Estévez aclara que no exige nada, excepto el permiso para crear el orfeón. Y le fue concedido hacerlo. A la solicitud de voces responden trescientos aspirantes. Estévez —con la cooperación de Inocente Carreño y de Antonio Lauro— selecciona cien voces. Los ensayos guardan gran entusiasmo, pero el estudiantado en general se burla de aquello, que les parece una locura. Algunos profesores se sentían molestados por el sonido, a ciertas horas. La preparación del concierto se cumple en la antigua sede de la Universidad, hoy Palacio de las Academias. Ha habido dos meses de ensayos. La fecha del debut coincide con la coronación de la reina universitaria, en 1943. El acto, por lo tanto, será trasladado al Nuevo Circo, donde la calidad y la espectacular aparición del grupo llenan una noche de triunfo.”

En 1941 el Ministro de Educación, Arturo Uslar Pietri, convoca a concurso para la creación de una Canción de la Juventud. Estévez resulta el premiado. Dos años más tarde, al impulso que cobra el orfeón corresponde Estévez con mayor dedicación a la música coral. En 1944 forma parte del primer grupo de compositores que se gradúa en Venezuela. Junto a él estaban Ángel Sauce y Evencio Castellanos. A partir de 1945 lo encontraremos en Estados Unidos. Como becario se afana en estudiar y surgen los primeros apuntes para la Cantata Criolla cuyo estreno tendrá lugar en Caracas en 1954.

Con el tiempo, luego de una pasantía (1963/1971) por Londres y París, las vivencias compartidas en prestigiosos conservatorios donde aprecian su obra y para él son oportunidades para enriquecer la obra del compositor muy activo en que se transforma entre 1955 y 1967 cuando le toma interés a la música electrónica y surge la oportunidad para componer la primera cromovibrafonía, encargo que concreta en 1967 con motivo de la apertura del pabellón de Venezuela en la feria mundial de Montreal, diseñado por Carlos Raúl Villanueva y ambientado con obras de Jesús Soto. A comienzos de la década de 1970 está de regreso en su Venezuela con la idea de montar el laboratorio de música electrónica. Gustavo Rodríguez Amengual, presidente del Centro Simón Bolívar, mecenas musical, comparte las razones de Estévez gracias a lo cual se crea y dota en El Conde el Instituto de Fonología.

Entre muchas otras historias figura la relacionada con la intervención de Antonio Estévez en la musicalización de cada sala del Museo Soto, concebido, construido e instalado en Ciudad Bolívar bajo la dirección del artista cinético guayanés de fama mundial que tuvo la suerte de ver instalada lo mejor de su propia colección en un espacio único en el mundo debido a la conjugación perfecta de las creaciones cinéticas de Soto y la ambientación particularmente realizada por Estévez a razón de cada una de las obra alojadas en el Museo.

Miguel recordó que del ofrecimiento a la crema y nata de la intelectualidad invitada a la inauguración del Museo Soto de ser trasladados a Ciudad Bolívar en el avión presidencial, lo que quedó fue la habilitación de un transporte militar Hércules que le provocó a todos la llegada aturdidos incluida la ausencia del comité de recepción como del propio Soto, ante lo cual Antonio asume la guiatura inaugural. En uno de los penetrables sonoros, Estévez exclamó: él como que cree que esta es una catedral sólo suya… Obvio que Soto quería lo suyo pues él fue todo un genio y a los genios no se les explica para que entiendan… Lo que hay que hacer es no decirles nada altisonante…

Raúl Delgado Estévez trajo a colación la vez que juntos trabajaban unos madrigales venezolanos del maestro Sojo cuyo arreglo técnico se les complicó al punto casi de exasperar a Antonio. Su sobrino le solicita cinco minutos para ver si él solo lograba lo que parecía imposible montar combinados con tan buena suerte que el sobrino concreta el arreglo. Gracias a ello tuvo la oportunidad de confirmar que entre las cualidades del tío Antonio figuraba saber respetar. Él nos enseñó a respetar al otro –comentó Raúl pues él mismo advirtió sus limitaciones, prueba de lo cual fue que quien había apenas cursado el sexto grado de escolaridad formal, por respeto a la poesía y sus cultores, además del gusto por la músico lo tenía por la palabra, por el verso, razón para convertirse en oyente de las clases en el liceo Fermín Toro dictadas por el profesor Héctor Guillermo Villalobos, persona por quien Antonio tuvo el mayor respeto intelectual y afecto personal.

Otro de los aspectos relevantes de la interesante conversación ante la audiencia entre los hermanos Delgado Estévez, doña María y Rodolfo Izaguirre, fue cómo el militante pecevista que era Antonio Estévez, en el debut de la Cantata Criolla, en las dos primeras audiciones públicas masivas ofrecidas en Caracas, imperaba la dictadura perezjimenista hecho que no impide que bajo su dirección, estuviesen también dos de sus amigos y grandes músicos venezolanos: Antonio Lauro e Inocente Carreño, ambos acciondemocratistas, del mismo modo que un hombre de centro izquierda como Teo Capriles fuera la voz de Florentino y Antonio Lauro la del Diablo.

Para él -y sus sobrinos- fueron muestras o testigos de algún grado de civilidad y tolerancia en medio de las abismales e irreconciliables diferencias ideológicas así como de la feroz dictadura de Pérez Jiménez que en 1952 confinó a Antonio a vivir en San Carlos de Cojedes por decisión de Pedro Estrada, quien lo interroga en la sede de la Seguridad Nacional y le plantea tal opción como castigo al comunista.

En San Carlos, Antonio se redondeaba como maestro de música y toca la organeta en la iglesia a donde cada domingo llevaban al cura verduras frescas, carnes y huevos. Para honrar al Santísimo, alguien ofrecía como ofrenda una totuma llena de huevos frescos entregados al sacerdote para que desayunara al concluir el oficio. Cierta vez Antonio comentó: ¡…yo también me desayunaba con las ñemas del Santísimo!

Rememorando tiempos duros para los intelectuales y entre estos los músicos, se mencionaron que en cierta ocasión, el maestro Antonio Lauro comentó a su amigo Antonio, que la necesidad le hizo aceptar dar clases de guitarra a las hijas de un acaudalado personaje de la sociedad caraqueña. A veces la música hay que hacerla con sangre –le habría manifestado Lauro a Antonio- ante lo cual le espetó: no me vengas con esa porque las morcillas es lo único que se hace con sangre.


Casi niño, viste el uniforme de la Banda Marcial de Caracas dirigida por el maestro Pedro Elías Gutiérrez

A partir de 1942 se desempeña como director fundador del Orfeón Universitario de la UCV cuyos primeros integrantes aparecen en la fotografía tomada en el Paraninfo del Palacio de las Academias, antigua sede de la UCV

Antonio Estévez tal cual podía ser. 


Delante de equipos para música electrónica

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