Los acontecimientos políticos que comienza a vivir el país a partir de 1999, si bien le preocupan hondamente, no lo toman por sorpresa. Al menos desde el principio de la década de 1980, con su conocimiento de la historia, su sagacidad y bien entrenado olfato político, tuvo plena conciencia del progresivo deterioro del sistema vigente desde 1958 y de los riesgos posibles si no se aplicaban los correctivos necesarios. En muchas entrevistas y declaraciones a la prensa, en foros y conferencias, había manifestado sin alarmismos inútiles pero con claridad e insistencia sus inquietudes respecto a la crisis institucional, la pérdida de representatividad y de conexión de los partidos con la sociedad y la corrupción administrativa como graves dolencias que debían ser atendidas con urgencia antes de que fuera demasiado tarde. Notaba el profundo desequilibrio o desencuentro entre una sociedad diferente, que había cambiado de manera sustancial, con otras características y nuevas necesidades, y un sistema político que permanecía casi in-alterado e incapaz de dar respuestas efectivas. La dedicación con que se abocó a promover e impulsar la Reforma del Estado a través de la COPRE, su prédica constante a favor de la descentralización administrativa, la desconcentración del poder, la renovación y cambio de las instituciones y la necesidad de rescatar la quebrantada moral pública, fue el producto de ese firme convencimiento que tropezó no pocas veces con la barrera del sectarismo partidista, los intereses creados, el egoísmo y las visiones de corto alcance de muchos dirigentes. Los avances logrados, si bien fueron importantes no fueron suficientes. A raíz del fracasado golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, comentó a un grupo de amigos en su oficina del Congreso que los demonios del militarismo, encerrados después de la lucha de varias generaciones, se habían soltado de nuevo y que haría falta mucho tiempo y sacrificios para volverlos a encerrar. Con todo, su visión del futuro nunca fue pesimista, si bien admitía, como dijo a los autores de este libro, que el "tejido democrático se había ido debilitando", y que los nuevos gobernantes mostraban "gran capacidad para destruir y no para la labor constructiva", tenía confianza en la conciencia social predominante. Ante el retorno del caudillismo y de las tendencias autoritarias, anteponía la capacidad con que esa misma sociedad había sabido superar largas épocas de atraso y decadencia en todos los sentidos hasta construir una nación moderna y pujante. Conservaba esperanzas en la juventud estudiosa y trabajadora que no abandonaba el país y se preparaba para el futuro y en el papel tan importante que en la familia y la vida pública jugaban las mujeres. Obviamente, en su caso no se trataba de un optimismo ciego e iluso, sino de una apreciación lúcida amparada en el conocimiento a fondo de las circunstancias y avatares de nuestra agitada historia republicana. El fallecimiento de su hijo Ramón Ignacio, el 29 de mayo de 2008, y el de su esposa Ligia, apenas mes y medio después, el 14 de julio, fueron dos duros golpes anímicos que sufrió y asimiló con dolor. Con su esposa, persona ajena a la figuración pública, de carácter fuerte y convicciones propias, compartió casi 60 años plenos de paz y satisfacciones, pero también, momentos de dificultades y hasta de peligros como los vividos durante los 10 años de dictadura militar. Afirma su hijo Gustavo Luis que, al morir Ramón Ignacio, vio llorar a su padre por primera vez. Asimismo, la desaparición de viejos y buenos amigos con quienes había transitado importantes fases de su vida, como Eduardo Mendoza Goiticoa, Óscar Yánez, José Agustín Catalá, Luis Herrera Campins, Rafael Caldera y Simón Alberto Consalvi, sacudió con fuerza su espíritu.
Los años finales Ya rebasados los 90 años largos, comenzó su declinación fisica, tenía dificultades para el movimiento y poco a poco fue perdiendo la audición y la vista, esta última indispensable para la gran afición de su vida: la lectura. Aun así, con la ayuda de su abnegada asistente, Betulia Alviárez, tachirense de Capacho, continuó llevando su vida habitual: desde muy temprano se ponía al día a través de internet. Ella le hacía un recorrido por la prensa nacional e internacional, y naturalmente, por la del Táchira. Después respondía cartas, dictaba prólogos y presentaciones de obras y atendía con su amabilidad característica, múltiples consultas de estudiantes y jóvenes investigadores. Siguió aceptando entrevistas periodísticas y ofreciendo declaraciones. Varios reportajes en video tuvieron como escenario el porche o el recibo de la quinta "Regina" en Altamira. Haciendo gala de una memoria prácticamente intacta que asombraba a sus interlocutores, relataba con detalle diversos aspectos de su vida y carrera política e intelectual o enjuiciaba con su sindéresis acostumbrada períodos, situaciones y personajes históricos. El arribo a los 95 años no pasó inadvertido, como tampoco había ocurrido con aniversarios anteriores. Aunque cada vez salía menos y ya no participaba en actos públicos, asistió al cálido y muy concurrido homenaje que le ofreció la revista El Desafío de la Historia en cooperación con el Instituto de Estudios Superiores en Administración (IESA), en mayo de 2011. En este reconocimiento intervinieron los académicos Crisanto Bello, Asdrúbal Baptista y Elías Pino Iturrieta. Como en sus mejores tiempos, el discurso de cierre de Ramón Jota -todo un alarde de memoria y coherencia- se prolongó por algo más de una hora. Otro homenaje emotivo y de mucha significación fue el de la Academia de la Lengua. Esta vez el acto se hizo en su casa, adonde se trasladó la directiva de la Institución presidida por Francisco Javier Pérez. El recibo de su residencia también se convirtió en escenario teatral cuando la Fundación Herrera Luque le obsequió el montaje de la obra "Diógenes y las camisas voladoras", del escritor y actor Javier Vidal, recreación del drama vivido casi 70 años antes por el frustrado candidato presidencial, Diógenes Escalante, y del cual, como sabemos, Ramón Jota fue testigo y actor secundario. En las tardes era habitual la presencia de visitas a las que seguía atendiendo sentado en su sillón predilecto de la sala, mientras enfatizaba las palabras con el gesto acostumbrado: balanceando hacia adelante y hacia atrás el dedo índice de la mano derecha a la altura de su rostro. Con las infaltables corbatas de diseños discretos, los zapatos negros lustrados y ataviado con su atuendo preferido: trajes formales de grueso paño, perfecto corte y diversos tonos de gris. Varias veces a la semana recibía la visita de sus hijos José Rafael y Gustavo Luis, con quienes departía por horas. Temprano en la mañana atendía diariamente la puntual llamada desde el extranjero de su hija Regina Esther. Los domingos, la casa se convertía en sitio obligado de reunión familiar. La declinación física se fue acentuando. Por largos ratos se quedaba sentado en silencio en el comedor. En alguna oportunidad pidió que le trajeran el estuche con los símbolos presidenciales y por un rato estuvo mirándolos en silencio, como si cavilara sobre su significación más profunda. Tal vez reflexionaba sobre tantas conmociones y tragedias que el país había vivido por la ambición de algunos por ostentarlos. Dos o tres veces repitió a su asistente Betulia Alviárez, que si de algo estaba orgulloso era de no haber robado. En junio de 2014 estuvo varios días hospitalizado a causa de problemas respiratorios. Después de volver a casa, falleció al amanecer del día 24. La noticia se difundió de inmediato a través de la radio, la televisión e Internet. Al día siguiente, la prensa escrita dio cuenta del hecho luctuoso. Inspirado en un artículo escrito por Simón Alberto Consalvi en 1987, El Nacional tituló: "Murió el hombre que más amigos tenía", frase acertada que dice mucho de su proverbial bonhomía y don de gentes, y que pesa más que las críticas acerbas y los comentarios maliciosos de sus enemigos, que aunque pocos, también los tuvo. No por pura coincidencia, sino porque siguió con dedicada atención toda su trayectoria, fue el mismo Consalvi, uno de los más constantes y cercanos entre tantos amigos, quien definió a Ramón J. Velásquez como "hombre de Estado", y lo razonó así: "Ser político es algo diferente a ser hombre de Estado. Ser hombre de Estado implica, a su vez, ser también político: tener una visión general de la sociedad y de los factores en juego. Presupone algunas condiciones indispensables: conocimiento del país y de su gente, del proceso histórico, de las constantes que lo vertebran, las posibilidades y los rumbos. Requiere además, y de manera esencial, un compromiso permanente".
Texto tomado de la biografía escrita Catalina Benko y Ramón González Escorihuela. Publicación de Libros de El Nacional y la Fundación BanCaribe para la ciencia y la cultura. Caracas, abril de 2016.

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