Así fue el cine-foro: LUNA LLENA (Sábado, 25 de julio 2015)






Haga click en "leer más" para leer el texto de la invitada Psiquiatra y psicoterapeuta Ana María Hurtado.
Nuestra percepción de la ‘realidad’

“Nuestra percepción de la ‘realidad’ es el logro perfectamente consumado de nuestra civilización. ¡Percibir la realidad! ¿Cuándo habrán dejado los hombres de creer que lo que percibían era irreal? Tal vez la creencia y la idea de que lo que percibimos es real sea muy reciente en la historia del hombre.” (Laing RD. El yo y los otros).
Como toda obra de arte, la película Luna Llena es susceptible de diversas lecturas y de ser disfrutada, interpretada y comprendida desde distintas perspectivas. En mi lectura me propongo resaltar dos planos, entre lo varios que ella muestra admirablemente. Uno, el plano de denuncia de la realidad relacionada con lo que llamamos enfermedad mental y el manejo que de ella hace la sociedad; y por otro lado, un plano más íntimo, donde las coordenadas simbólicas invitan a ser leídas con otros ojos y donde a mi modo de ver reside el corazón del film.
Comenzando con la primera aproximación, nos topamos con un antíquisimo dilema de la civilización, en cuanto definir con límites precisos algo tan impreciso, como lo es saber qué cosa es la mal o bien llamada locura, término tan inasible y manoseado a través de los diversos momentos históricos, que es prácticamente imposible afirmar que todos estamos hablando de lo mismo cuando hablamos de locura. Entonces esta palabra nos hace pensar que se trata de un término por consenso, una convención que cambia según el lugar, tiempo, personas, etc… La historia y el desarrollo humano tienen mucho que decir acá, pues el término locura ha sufrido variaciones notables a lo largo del tiempo y dependiendo del lugar. Esa dificultad va de la mano con la igualmente difícil posibilidad de decir que significa estar sano o cuerdo, qué es enfermedad y qué salud mental, qué significa estas palabras, son tan resbaladizos sus significados que incluso durante la mayor parte del tiempo, y aún en muchos sitios, la locura no es considerada como enfermedad; se ha pensado por ejemplo, que la locura es el resultado de la posesión de algún dios -recordemos a Platón- o a posesiones de demonios en la edad media, hasta hablar en nuestra época de los desarreglos de neurotransmisores . En los años 60, y en la ola del cuestionamiento a las instituciones, emergió en occidente la corriente antipsiquiátrica, que nos ponía de frente al dilema: es la sociedad, y particularmente la familia la que fabrica la locura, y que los intentos de curación no son tales, sino ejercicios de poder que acallan al enfermo y obstaculizan cualquier intento de acercamiento y entendimiento al drama personal.
En fin, la locura nos ha acompañado fielmente en lo colectivo y en lo individual, tanto como el sufrimiento que es el ámbito al cual pertenece por derecho. Las imágenes de la película son elocuentes, hablan por sí mismas: el sufrimiento psíquico expresado a través del comportamiento o a través del universo emocional parece suscitar en la colectividad una enorme dificultad para ser entendido, asido y contenido; tal dificultad explica en parte las tan disímiles respuestas que el sujeto, como ser social, ha dado a este fenómeno tan propio de lo humano.
La película da cuenta de un lugar y momento específico de la respuesta social. Este primer plano pone en evidencia la imposibilidad de dialogar con el sufrimiento expresado a través de la locura, la película expresa muy bien esa enorme dificultad, la violencia como respuesta inmediata, el internamieto, el marcar límites , colocar el enfermo mental en la institución con características cuartelarias, las crudas imágenes nos hacen olvidar que estamos o deberíamos estar en un terreno médico; la persona que sufre es sacada fuera de la esfera de la convivencia “normal” ,se rompen los códigos sociales, y el individuo es empujado al margen. De esa necesidad de sacar al que difiere en su comportamiento o en su pensamiento , aquel que enuncia palabras que no se entienden , nacen las instituciones de internamiento, que en un principio, no tienen nada que ver con la medicina , sino que son apéndices de las cárceles, violencia de estado, pues en ellas eran recluidos no sólo los locos, sino los indigentes, los anormales, todos los diferentes que inquietaban o perturbaban la convención social y para los que la sociedad como conjunto no tiene respuestas, roto ese diálogo social, los locos de la edad media, por ejemplo, eran lanzados al mar en una nave, la stultifera navis, cuya metáfora es evidente, sacar a fuera , exiliar, devolver a lo indiferenciado , a lo que no está regido por los códigos de convivencia humana, eso está muy bien planteado por Ana Cristina Henríquez . Ese ingreso al hospital psiquiátrico a través de la violencia física y verbal, la imposición, el clima de agobio, la indiferencia , el rechazo, abierto o solapado, el castigo, hasta la infantilización o banalización de los pacientes y de sus conflictos.
El personaje del psiquiatra joven – Castillo- que intenta abrir el archivo de las historias clínicas es muy revelador, se ha perdido la llave para rescatar la historia de los pacientes; una vez ingresados los individuos van a perder el hilo comprensible de su vida, entran en un no- lugar donde no hay una identidad real sino impuesta, su memoria está atrapada, y entramos en un nivel de locura propio de la misma institución y sus reglas: una paradoja . Nadie parece estar interesado en esas historias, esa imagen dice mucho. El paciente es impelido a despojarse de sí mismo y entrar en un ámbito de locura institucional. Basurero de locos…
Este mismo psiquiatra intenta cuestionar el diagnóstico dado a Esperanza, señala con atino que tal diagnóstico se convierte en una nueva identidad, toda vez que el paciente es despojado de la suya, y ésta es sustituida por una etiqueta. El psiquiatra intenta cuestionar el procedimiento diagnóstico, sabe que de ahora en adelante no será más Esperanza sino una Esquizofrenia paranoide… este cuestionamiento válido es rechazado por el grupo de poder representado por una cierta psiquiatría tradicional.
Y esta palabra resulta ser la clave. El sufrimiento humano tratado desde el poder, que a su vez, muy frecuentemente lo genera, es el origen de muchas de las dificultades; la expulsión del grupo social, el uso de la fuerza, el despojo de identidad , la invalidación del propio sufrimiento psíquico es manejado desde la violencia del poder, sitio desde el cual es imposible el diálogo, la escucha . Esa ha sido la respuesta que durante siglos ha dado la sociedad al sufrimiento psíquico que se convierte en incómodo para el colectivo. Es muy reciente la aparición y aceptación de la psiquiatría como especialidad médica, de hecho aún son frecuentes los prejuicios y los temores que se tienen ante la figura del psiquiatra, pues pareciera que al entrar en ese ámbito inasible de lo psíquico quedamos contaminados de eso que no puede ser manejado por el discurso social, porque lo excede. A la tentativa de integración, se sucede otra respuesta de poder , la propia psiquiatría que tanto pugnó para nacer, como disciplina que acoge y contiene y da respuestas al sufrimiento, es de inmediato devorada por las instancias de poder, ahora no son las naves de locos ahora son los manuales psiquiátricos y la psico farmacología, que si bien tiene una vertiente de sanación fundamental, por otro lado es usada por todos como anulación del dialogo y de nuevo el psiquiatra deja de dialogar con el otro que sufre .
.Freud y Jung desde el psicoanálisis nos intentaron acercar a otra comprensión, descubriendo que el lenguaje aparentemente incomprensible de la locura, es solamente otro lenguaje emparentado íntimamente con el lenguaje de los sueños y del arte, estas aportaciones han abierto caminos hasta el punto de cuestionar seriamente la existencia de las instituciones manicomiales, ya modernamente se ha planteado su desaparición y más bien la integración de los servicios de psiquiatría al hospital general, y la reducción significativa de hospitalizaciones, para lo cual ha contribuido enormemente la introducción de los psicofármacos desde la última mitad del siglo pasado. Sin embargo, el problema persiste, aunque disminuido y quizás maquillado convenientemente. Remitiéndonos a la película, ella es diáfana al exponer en su discurso cinematográfico que la locura está en la propia institución, en las respuestas de violencia y poder, en la propia familia, donde se prueba las teoría de Laing, de que es ella la que engendra la locura, lo dicho, lo no dicho, los vínculos confusos, ambivalentes. Vemos que es allí donde se gesta la aparente locura, la ruptura e imposibilidad de vínculos que contengan, que den sentido, la gran pérdida de sentido en el fondo es una ausencia de amor en tanto vínculo humano primordial. La búsqueda del sentido es lo esencial, y esto sólo se puede hacer con el vínculo amoroso, con el reconocimiento del otro sin lo cual el vínculo amoroso es imposible, esa ruptura que se inicia en el ámbito de las primeras relaciones y se extiende a lo colectivo me parece ser el meollo, si yo no logro ver el sentido de algo, significa que no existe, la realidad que vive el otro como no es la mía, no existe ( citar a Laing) es inválida, y acá entramos en fenómenos sociales más complejos, donde las realidades de un grupo son descalificadas por otro y llegamos a las locuras colectivas que sabemos cuánto daño, horror y muerte generan con la imposición de un solo sentido de las cosas, de un solo signifi8cado.
Los intentos desesperados de Pedro por comunicarse con Esperanza, o los del Psiquiatra Castillo se oponen a la máxima incomunicación del cuartito de aislamiento o del electroshock que “desconecta” momentáneamente al paciente de su entorno y de sí mismo.
Desde el otro plano al cual quiero aproximarme, el íntimo, podemos dar una lectura de la película, como una historia de amor, si el amor dicen enloquece, en este caso muestra su capacidad de sanar. La película nos muestra en clave simbólica todo un periplo sincrónico del desarrollo anímico de dos seres, que van desde un intenso sufrimiento psíquico, aislamiento, ruptura con su realidad, hasta el encuentro de ambos a través del despliegue amoroso. Si aplicamos una lectura simbólica hallamos que Ana Cristina hila fino su lenguaje de imágenes y palabras. Tanto Esperanza como Pedro deberán realizar, como en un cuento de hadas, un viaje que los lleva a buscar dentro de sí mismos, integrarse y salir en la búsqueda del otro.
En el inicio vemos a Esperanza con los ojos vendados, fina metáfora de lo que aún ella no puede ver; a través de sus síntomas intenta mantenerse al margen de su acontecer interno y externo sin saber cómo hallar significado a su dolor, a lo que la institución ni la familia ayudan, si no que entorpecen ostensiblemente. En una curiosa sincronía la película muestra el descubrimiento de la dimensión corporal en Esperanza y Pedro, una a través de un culposo acto masturbatorio, y el otro a través de la terapia electroconvulsiva. El cuerpo es siempre una dimensión elocuente de lo humano y en las imágenes vemos las diferentes manifestaciones corporales, los biotipos, las vestimentas, todo muy exquisita y acertadamente escogido. La gestualidad de los enfermeros y su uniformidad forzada versus la multiforme apariencia de los pacientes, es un dato valioso en el discurso fílmico de Luna llena.
La mirada es el vehículo que siempre lleva al vínculo amoroso. La escena en la que Pedro le devuelve a Esperanza su imagen dibujada es conmovedora, pues Esperanza es “vista” por primera vez, y esta mirada será la puerta del significado. El intento de superar el muro que los separa es una imagen poderosa.
Vemos como Esperanza lleva constantemente consigo una pequeña muñeca, símbolo de esas partes perdidas y abandonadas que esperan la redención, como diría el poeta Rilke. Evoco un cuento ruso – el de Vassilissa la hermosa- donde una niña maltratada perdida en el bosque, lleva como guía mágico su pequeña muñeca. La imagen de Esperanza con la muñeca en el bolsillo resulta estremecedora, más cuando sabemos que, en efecto, su “niña” le ha sido sustraída. En clave simbólica podemos pensar que Esperanza ha sido despojada de una parte esencial y eso la lleva a su desvarío.
A medida que Esperanza va tomando más conciencia de sí misma, de su cuerpo, de su feminidad, vemos cómo se va transformando y liberando. En la escena del incendio de la puerta podemos leer que ella decide por primera vez salir de su encierro e ir en la búsqueda, en “su”búsqueda. Este viaje a través del fuego la conducirá siguiendo a Pedro, por el sendero del Agua de Luz, nombre que evoca el símbolo acuoso de la emocionalidad sobre la cual llega la luz de la consciencia. Una vez que Esperanza puede integrar los aspectos extraviados, representados en su hija, puede salir en la búsqueda de Pedro, quien le ha dado lugar dentro de él. Al final Esperanza podrá poner los pies sobre la tierra. Se nos muestra como sólo el vínculo amoroso entre los dos pacientes, es generador de sanación, sanación entendida en términos de ser visto, escuchado, tocado…alo, alo como decía Pedro…
La escena final donde ambos van unidos y contentos al manicomio, nos habla de que ya son libres más allá del encierro formal, sus rostros que miran a través de un mandala: una cruz dentro del círculo, nos dice que la integración de ambos se ha producido de tal manera que se ha podido lograr un vínculo amoroso que da significado y profundidad a sus existencias. Podemos entonces evocar la imagen simbólica de la Luna Llena, no en tanto imagen de locura sino de plenitud, resultado de la integración de los aspectos oscuros que son iluminados por la consciencia.

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