Según Herrera Luque: "Los sueños del oidor"

AUTOR: Hacia 1520 y tantos vivía en Santo Domingo, actual República Dominicana, un viejo oidor, de barba encanecida y ojos cansados de escribir las declaraciones de los descubridores que partían de la isla en busca de riquezas en el mundo recién descubierto. Su nombre era don Marcelo Villalobos y fue de los primeros colonizadores de América. Don Marcelo tenía muy mala opinión de los expedicionarios:

DON MARCELO VILIALOBOS: La mayor parte son homicianos, ladrones y mariscantes. Basta ver el sinnúmero de desorejados y desnarizados que pululan por las calles. Con gente de esta ralea no se puede fundar un pueblo. Malo habrá de ser el fruto si es ésta la semilla. No sin razón la mayor parte de las expediciones terminan en matanza; no entre ellos y los salvajes solamente sino entre ellos mismos.
OTRA VOZ: ¿Y qué haríais vos, don Marcelo, si os tocara en suerte elegir los hombres que a vuestro saber y entender habrían de ser los fundadores de una colonia?
DON MARCELO VILLALOBOS: Pues, ante todo, que fuesen hombres de paz. Nunca hombres de guerra, que si buenos son para domeñar al enemigo malos resultan para sedimentar cosas buenas y duraderas. Si en mis manos quedase la elección, que ya la tengo pensada, buscaría entre la gente buena de Santo Domingo: veinticuatro parejas de hombres de bien con sus respectivas mujeres sanas y bien formadas. Una pareja sería la del albañil, otra la del herrero, seis labradores y otra media docena de pastores, dos maestros de escuelas, por si en vida me faltase alguno. No olvidaría al poeta que tan bueno era para cantar proezas y alegrar las viejas ausencias. Un repostero me llevaría a la fuerza, igual que a un físico o cirujano, pues si el uno veía por la dicha, el otro nos defiende de sus excesos. Traeríame también un sacerdote de corazón y mente amplia, sin celos inquisitoriales. Llevaríame un sastre y tres parejas de marineros, dos carpinteros, y un hombre gordo para que rigiese la taberna del pueblo...
LA VOZ: ¿Y soldados?
VILLALOBOS: Ni uno solo...
LA VOZ: ¿Y qué haríais si vuestro pueblo fuese atacado por los indígenas?
VILLALOBOS: A donde pienso ir no hacen falta hombres de guerra. Los hombres y mujeres de tal sitio son alegres y de buena disposición...
LA VOZ: ¿A qué sitio os referís?
VILLALOBOS: A la isla que llaman de Paraguaychoa y que el almirante Colón bautizó La Margarita en honor de la princesa del mismo nombre, hija de los Reyes Católicos.
LA VOZ: ¿Y si os atacan corsarios franceses o ingleses, que tanto merodean por estas aguas?
VILLALOBOS: Me defenderé con mi gente...
LA VOZ: (Burlona) ¿Con sastres, albañiles y labriegos?
VILLALOBOS: No hay mejor ejército que el pueblo en armas, ni mejor soldado que aquel que defiende a los suyos...
LA VOZ: Vaya, vaya, don Marcelo, que me habéis hecho comprender lo que en estos seis meses que llevo en Indias no me daba en la sesera. ¿Queréis que os diga una cosa? (Pausa) Apenas me entreviste con el emperador hablaré de vos y de vuestros proyectos...
VILLALOBOS: (Escéptico) Ya estoy demasiado viejo. Su Majestad está lejana y vos lo estaréis más cuando os encontréis de vuelta. Volvámonos ya a la posada de la Aldonza que ya la tarde avanza y el hambre aprieta.
NARRADOR: La Aldonza era una mujerona muy guapa y decidida que con su madre administraba la mejor posada de Santo Domingo. Era una moza alegre que salvo el contrabando que ejercía a todo meter por vieja tradición de familia, era casta y honesta como la más recatada doncella de ultramar. A la Aldonza, a pesar de la gran diferencia de edad del oidor, placíale su presencia, deleitándose con verdadero embeleso con sus cuentos de aquellos lejanos días del Descubrimiento. De no haber sido un hombre severo consigo mismo, otro que no hubiese sido Villalobos hubiese creído que la guapa moza lo tentaba con sus meneos, y aunque más de una vez suspiraba profundo cuando ella pasaba a su lado contenía sus ímpetus en resguardo de su reputación y prestigio. Tan sólo una cosa le disgustaba de la Aldonza: su manía de contrabandear con cuanta cosa se le pusiera a tiro.
ALDONZA: Os tengo para esta noche un vinillo francés de rechupete que compramos ayer a un filibustero...
DON MARCELO: (Indignado) Pero, Aldonza, por Dios, que pecas por birlar al Fisco y comerciar con enemigos de Su Majestad...
ALDONZA: Vamos, don Marcelo, que para los crímenes que a diario vemos, el contrabando ni a pecado venial llega.
NARRADOR: Aldonza, siempre insinuante, tiraba de la lengua al oidor y le hacía sugerencias sobre su pretendida colonia de la felicidad.
ALDONZA: Yo vos, don Marcelo, me llevaría también un lengua para entenderos con los franchutes...
VILLALOBOS: ¿Y se puede saber para qué, señora mía?
ALDONZA: Para entenderos con ellos a la hora de meter un alijo de sedas o de chuchearías...
NARRADOR: Todo un año pasó desde aquel día en que don Marcelo refirió al consejero del rey sus planes de colonizador. Aquella tarde el viejo oidor entró violentamente en la posada agitando un puñado de papeles:
VILLALOBOS: ¡Aldonza! ¡Aldonza!
ALDONZA: ¿Pero qué os pasa, don Marcelo, que os veo tan sofocado?
VILLALOBOS: (Sofocado) ¡El rey! ¡El rey!... Su Majestad me ha concedido para su colonización y beneficio y por dos generaciones, la isla de Paraguaychoa o Margarita. Al final de mi vida, Dios y el rey han premiado mis desvelos. Y, tal como dije al comendador, mis colonos han de ser veinticuatro matrimonios, todos hombres de paz y de bien...
NARRADOR: Villalobos comenzó desde el primer día la recluta de sus colonos. A la semana, Aldonza, para su sorpresa, le hizo saber que había puesto en venta la posada.
VILLALOBOS: ¿Pero, qué vais a hacer? ¿Os retornáis por casualidad a España?
ALDONZA: Me marcho a Margarita con vuestros colonos...
VILLALOBOS: (Balbuceando)... Pero no puede ser, querida mía... El rey subrayó que todos deben ser parejas debidamente casadas...
ALDONZA: Me casaré...
VILLALOBOS: (Amoscado) antes tendré que conocerlo, por grande que sea mi consideración y afecto hacia vuestra persona... ¿Quién es él?
ALDONZA: (Riéndose) ¿Todavía no lo adivináis, viejo zonzo? Sois vos mismo.
NARRADOR: Don Marcelo y la Aldonza contrajeron nupcias. Dos meses más tarde, reclutada ya la gente, proba, bondadosa y honesta, la expedición tomó rumbo hacia La Margarita con retoño florecido en el vientre de la posadera. El destino quiso, sin embargo, que al igual que Moisés, don Marcelo muriese con los ojos puestos sobre la tierra prometida. Aldonza, como viuda del encomendero, puso en marcha la colonia tal como la soñase su esposo y padre de su hija, a quien en su recuerdo bautizaron Marcela.
La semilla dio sus frutos. Los hombres de La Margarita fueron hombres de paz, hasta el punto de ser desconocidos entre ellos los delitos de sangre, aunque fuesen capaces de batirse como leones ante el enemigo como sucedió en Matasiete, durante la Guerra de Independencia. Aldonza gobernó la isla por muchos años al igual que su hija y su nieta. Tan sólo un pequeño defecto se filtró por obra de la posadera: la manía isleña del contrabando.

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