Según Herrera Luque: "El catire"

AUTOR: A menos de tres leguas se libra una de las más encarnizadas batallas de la guerra. (Efectos adecuados) Doña Micaela y sus tres hijas, rodeadas de todas las mujeres de la hacienda rezan porque el éxito acompañe a los hombres de la casa enfrentados al terrible y cruel caudillo, responsable de la muerte de más de sesenta mil personas. Es un hombre malvado, capaz de los crímenes más abominables. No da paz a los vencidos. Los hace ejecutar de inmediato, en medio de los sufrimientos más atroces. Los fuegos se abrieron al amanecer y ya la tarde empalidece.
(Rezo de mujeres. Un caballo al galope se oye a lo lejos y se escuchan gritos, a medida que se aproxima.)
DOÑA MICAELA: (Voz temblorosa) ¿Qué habrá pasado, Dios mío?
HOMBRE I: (Gritando con júbilo) ¡Victoria! ¡Victoria! (El caballo llega a primer plano y se detiene).
HOMBRE I: ¡Los pelamos, doña Micaela! ¡Los volvimos zareta!
DOÑA MICAELA: ¡Alabado sea Dios!
CORO DE MUJERES: ¡Y alabado su Santo Nombre!
HOMBRE I: Yo creo que esta vez sí los desbaratamos.
DOÑA MICAELA: (Ansiosa) ¿Y mi marido?
HOMBRE I: (Con júbilo) Allá estaba como un mismo león repartiendo tolete. ¡Ah, hombre bien macho y bragao!
(A lo lejos se acerca un tropel de caballería)
DOÑA MICAELA: ¿Quiénes son aquéllos?
HOMBRE I: Déjeme ver. (Adivinando) Aquél es el coronel Zamora y el otro es Jesús María. Traen un caballo sin jinete. ¡Ah no! (Con asombro) Traen un muerto atravesado. (Sorprendido) ¡Pero, Ave María Purísima! Si es el caballo del amo...
DOÑA MICAELA: (Luego de un alarido) ¡Miguel, Miguel! ¿Estás herido?
HOMBRE 2: Está muerto, Micaela. Murió como un valiente. La patria le estará eternamente agradecida.
NARRADOR: Han transcurrido dos días de la muerte del esposo de doña Micaela. El ejército enemigo fue diezmado. El invasor huye por los montes. Doña Micaela y sus hijas rezan y lloran por el difunto. (Un perro faldero ladra) Las mujeres se incorporan y van hacia el camino que lleva a la casa grande.
DOÑAMICAELA: Coge la escopeta y llama a los peones.
NARRADOR: Un hombre tambaleante sale de las sombras y avanza hacia la casa. Trae la camisa llena de sangre. Antes de derrumbarse apenas dice:
FUGITIVO: (Ansioso) Agua, agua.
UNA DE LAS HIJAS: Este hombre tiene cara de enemigo.
DOÑAMICAELA: ¡Cállese niña, y ayudemos a ese hombre!
HIJA 2: ¿Y si es un enemigo, mamá?
DOÑAMICAELA: (Con severidad) Dios ordena perdonar a nuestros enemigos.
HIJA 3: ¿Y si fuera uno de los que mataron a papá?
DOÑA MICAELA: Déjense de necedades y ayúdenme a llevar a este hombre para adentro.
HIJA 1: ¿Llamo al coronel Zamora?
DOÑA MICAELA: ¡Que se queden quietas! ¿O es que ustedes no conocen las leyes de la hospitalidad? Nunca se pregunta a quien llega a tu casa pidiendo auxilio: ¿de dónde vienes, quién eres, qué hiciste y adónde vas? Ustedes no parecen aragüeñas, y mucho menos hijas mías y de su papá. Vamos a lavar y limpiar a este hombre. (Con sorpresa) ¡Mírame la herida que tiene en la pierna!
NARRADOR: Doña Micaela y sus hijas aplican un torniquete al miembro que sangra, lavan la cara y el cuerpo del fugitivo. Es un hombre recio, blanco, rubio y bien parecido. Al poco rato abre los ojos y las mira a las cuatro mujeres. Tiene los ojos azules y de un extraño fulgor. Doña Micaela le hace beber una taza de caldo. Con voz jadeante el enfermo intenta decir:
FUGITIVO: Yo soy...
DOÑA MICAELA: (Explosiva) A mí no me importa quién es usted, ni qué hizo. Está en mi casa y nada más. Así haya matado a mi marido. Eso sí, debe quedarse escondido aquí. Por ahí anda mucho enemigo suyo. Y no respondo por su vida si lo halla el coronel Zamora.
FUGITIVO: (Con dificultad, desfalleciente) Zamora es uno de mis hombres... (Respiro profundo).
HIJA I: (Alarmada) ¿Se murió?
HIJA 2: (Burlona) Mira que tú puedes ser bien gafa. ¿No ves que respira y ya tiene mejor color?
HIJA 3: Y es buenmozazo el catire... Ojalá no haya matado a papá.
DOÑA MICAELA: ¡Niñas! Déjense de esas cosas y ofrezcámosle a Dios este acto de caridad por el eterno descanso de su alma. ¡Vénganse! Vamos a dejarlo solo y recemos el rosario.
(Las mujeres se alejan. Rezan el rosario. Ruidos nocturnos.)
DOÑA MICAELA: Ya es más de medianoche. Vámonos a dormir.
(Un caballo al galope sale de la hacienda y se aleja)
DOÑA MICAELA: (Con sorpresa) ¿Quién será?
HIJA 1: Ése es el catire... Corramos al desván. (Gente corriendo. Puerta que se abre.)
DOÑA MICAELA: (Con rabia) Se fue huyendo y encima nos robó el caballo. Así paga el diablo a quien bien le sirve. (Resignada) ¡En fin! Haz bien y no mires a quién. Nosotras cumplimos con nuestro deber y eso es lo único que interesa.
HIJA 2: (Con rabia) Hemos debido llamar a Zamora para que lo hubiese matado.
DOÑA MICAELA: ¿Qué dices, desdichada? ¡Quien llega a tu casa es sagrado! ¡Que no se te olvide!
NARRADOR: La guerra prosiguió inclemente. Cambió bruscamente la suerte. Un poderoso ejército enemigo avanzaba sobre el centro. Está a veinte leguas de la hacienda.
DOÑA MICAELA: Les llevamos por lo menos tres días de ventaja. Mañana temprano nos ponemos en camino hacia Caracas. Duerman tranquilas que lo que nos sobra es tiempo. ¡Dios me las bendiga! (Ruidos nocturnos, sapos, grillos.)
NARADOR: Durante el sueño, doña Micaela y sus hijas despiertan en medio del estruendo.
(Tiros, ayes de agonía, y una enorme cabalgata rastrillando el patio.)
NARRADOR: Doña Micaela se refugia en el oratorio con sus hijas. Hombres de aspecto patibulario las rodean burlones. Micaela reza. Una voz grita:
VOZ I: ¡Quietos, que ahí viene el jefe! (Se oyen pasos)
EL FUGITIVO: Buenas noches tenga usted, doña Micaela, al igual que sus preciosas chiquillas.
LAS CUATRO MUJERES: (A coro) ¡El catire!
EL FUGITIVO: Mi nombre, señoras, es José Tomás Boves y vengo a expresarles mi agradecimiento y a asegurarles mi protección.

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