Según Herrera Luque: El Quijote venezolano

AUTOR: Se hacen gestiones, desde hace un tiempo, para erigirle una estatua en Caracas a don Alonso Quijano, el celebérrimo personaje de Cervantes, mejor conocido como el Quijote. Me parece bien, pero requetebién esa idea. El Quijote representa para todos los pueblos hispanoparlantes una forma de ser consustanciada con nuestra idiosincrasia. Sin esa capacidad ilimitada que tienen nuestros pueblos para el sacrificio aparentemente inútil no seríamos hispanoamericanos. Antes, sin embargo, quisiera traer a cuento una historia sucedida hace ya casi cuatrocientos años, en este mismo valle de Caracas.
VOZ I: El 6 de agosto de 1595 desembarcó en Macuto, con intención de saquear a Caracas, Arnyas Preston, corsario al servicio de Inglaterra.
VOZ 2: Traía seis buques y quinientos hombres de pelea.
VOZ 3: Lo que era una enormidad para tan pequeña villa.
VOZ 4: Tenía apenas ciento cincuenta vecinos españoles y algunos indios.
VOZ I: Los vecinos, sin embargo, no sintieron mayor ansiedad por lo sucedido.
VOZ 2: El camino de la Marina, o el que actualmente conocemos como el de Los Castillitos, resultaba inexpugnable para cualquier invasor.
VOZ 3: Bastaban y sobraban los pocos hombres en edad de guerrear para mantener a raya a un enemigo incluso más poderoso.
VOZ 4: A tambor batiente y con banderas desplegadas, los caraqueños comandados por Garcí González de Silva salieron hacia La Guayra para enfrentarse al pirata.
(Música militar, tambores, cornetas, caballos)
VOZ I: El pirata, sin embargo, recurrió a una estratagema.
VOZ 2: Guiado por un traidor, llamado Villapando, tomó el camino secreto de Caracas.
VOZ 3: El que en años anteriores remontaba la serranía, donde nace el río Macuto, y luego de trasponer Galipán, desemboca en San José.
VOZ 4: Exactamente en Cotiza. Pero escuchemos lo que hablan Villapando y el pirata Preston mirando hacia la ciudad.
VILLAPANDO: (Voz gangosa de viejo) Ahí tenéis a Caracas rendida a vuestros pies, gracias a mi estratagema. No hay hombre que la defienda.
PRESTON: (Bronco) Hubiese preferido conquistarla a sangre y fuego, señor de Villapando. Soy un hombre de guerra y no una hiena apestosa como vos.
VOCES DE MUJERES: (En tercerplano) Piratas, piratas...
VILLAPANDO: Ya nos han visto...
PRESTON: Salvo huir, nada podrán hacer. Descansemos un rato que bien merecido lo tenemos. ¡Hey, William, que los hombres reposen quince minutos! ¡Qué hermoso valle, éste de Santiago!
VILLAPANDO: Así es, mi noble señor.
(La campana de una iglesia lejana toca a rebato. Un cañón a la misma altura comienza a lanzar salvas con pausas regulares. Otro cañón a la altura de los piratas repite las salvas, y uno muy lejano hace otro tanto.)
PRESTON: ¿Y esto qué significa?
VILLAPANDO: Es el telégrafo de los cañones, así se comunican los de Caracas con los de La Guayra. Le avisan a Garcí González de Silva de nuestro arribo. Pero no hay nada que temer, aparte ser menos de cien hombres están a seis horas de camino.
(Risotadas y señales de aprobación. Un caballo al galope.)
PRESTON: Pero, ¡válgame el cielo! ¿Quién es ese solitario caballero que de lanza y armadura galopa hacia nosotros?
VILLAPANDO: Un loco, sin duda.
PRESTON: O un valiente. Los cobardes llamáis locos a los arrojados.
(El caballo se acerca y se detiene. Se escucha una voz tonante.)
EL CABALLERO: Oíd bien lo que os voy a decir, perro del mar. Por obra de ese mal nacido que tenéis a vuestra derecha encontráis a mi ciudad desguarnecida. Pero no creáis por eso que la tomaréis sin combate. Yo estoy aquí para defenderla.
PRESTON: (Jovial y sorprendido) Escuchadme bien, valiente caballero... Vuestro honor y el de vuestra ciudad están ya salvados con vuestro gesto.
Nada podéis hacer contra un ejército de quinientos hombres... Vuestro sacrificio será inútil...
EL CABALLERO: No hay sacrificio inútil cuando se afirma un derecho...
PRESTON: (Conmovido) ¡Esperad, buen hombre! ¡Oíd razones!
EL CABALLERO: Callaos ya de una vez y preparaos a resistir el hierro de mi lanza. (Elevando la voz) ¡Santiago y cierra España!
(Un caballo avanza al galope. Los ingleses, alarmados, dejan escapar palabras de asombro.)
PRESTON: ¡Guay de quien le haga daño a ese hombre!
(Se escucha un grito de agonía: refriega. Piafar del caballo.)
EL CABALLERO: ¡Muere, canalla!
UNA VOZ: (Con asombro) ¡Ha muerto a Walter!
PRESTON: (Imperativo) ¡Agarradlo vivo! Que nadie le haga daño...
(Rumor de combate y nuevos gritos de agonía)
UN PIRATA: Tremendo guerrero. Nuestros hombres no pueden con él.
PRESTON: (Con resignación) Él mismo lo quiso así. Disparad ya de una vez.
(Descarga de fusilería. Ruido de armadura que cae.)
PRESTON: Dejadme ver el rostro de tan bizarro sol dado. (Pasos) ¡Válgame Dios, si es un anciano!
VILLAPANDO: (Con sorpresa) Es don Alonso Andrea de Ledesma, uno de los conquistadores de este valle y fundador de la ciudad. Apenas podía andar, tullido por el reumatismo.

AUTOR: El pirata que por primera y única vez habría de saquear a Caracas, conmovido por el sacrificio de Alonso Andrea de Ledesma, entró a la solitaria villa (efecto apropiado) llevando a hombro de sus capitanes y con tambores a sordina la magra y vieja figura del anciano guerrero, a quien dio sepultura en la plaza mayor, con honores de capitán general. Tan hermosa y verídica historia es casi desconocida por buena parte de los venezolanos, llegándose al extremo de afirmar que Alonso Andrea de Ledesma es el Quijote venezolano. ¡Óigase bien! ¡El Quijote venezolano! Cuando esta maravillosa epopeya aconteció –¡y escúchese mejor!– once años antes de que don Miguel de Cervantes y Saavedra escribiese su monumental obra. Ledesma murió en 1595 y El Quijote fue escrito en 1606. De hablar con propiedad, más bien deberíamos decir que el Quijote es el Ledesma español.
Yo pregunto, ¿por qué Alonso Andrea de Ledesma, cuya sangre corre por las venas de millones de nuestros compatriotas, no tiene un monumento que recuerde su gesta? Hay estatuas para Lozada, el feroz genocida, y para Henry Clay, quien hizo fracasar a Bolívar en el Congreso de Panamá. Hay estatuas para Antonio Leocadio Guzmán, uno de los políticos más corruptos nacido en estos pueblos, pero no hay ni siquiera una placa de bronce al pie del cerro que recuerde la hazaña de Ledesma. ¿No habrá llegado la hora de reparar esta injusticia?

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