"Disertación" de Roberto Giusti

Creo necesario confesar, en primer término, que esta distinción de dirigirme a ustedes, con la cual me honra la Fundación Herrera Luque en el día de hoy, me cayó de sorpresa y encendió las alarmas de mi placidez mental porque dada la jerarquía de mis compañeros de panel, se me ha colocado el listón bien alto y esto me ha obligado a afinar el pensamiento y a darle otra vuelta de tuerca a una ya vieja lucha contra las palabras, a veces esquivas a la hora de expresar, en toda su plenitud, las ideas que vienen en tropel y tan atropelladamente que no sabía cómo comenzar y por dónde terminar el compendio de una vida tan rica, tan compleja, tan diversa y tan fecunda como la de Ramón J. Velásquez.

Por eso recurro a una primera imagen: la de un niño que asiste fascinado a unos almuerzos de familia provinciana en domingos de largas y apasionadas discusiones. De manera que, a partir de ese recuerdo difuso y armado con la memoria frágil y poco nítida que te asiste cuando retrocedes a los nueve años, intento reconstruir para ustedes mi primer encuentro con este extraordinario ser humano.

Estábamos en la campaña electoral de 1963 para las segundas elecciones de la ahora denominada República Civil y el debate de sobremesa se encendía cuando mis dos hermanas, militantes de la Juventud Revolucionaria Copeyana, defendían la causa de Rafael Caldera, un aspirante presidencial cuyo partido constituía una de la bases de sustentación del gobierno de Rómulo Betancourt. En el otro extremo aparecía mi padre, un antiadeco de vieja data medinista, que tomaba partido por el entonces llamado “candidato independiente nacional”, Arturo Uslar Pietri.

Pues bien, en esas ardorosas discusiones de sobremesa sobre un momento político para entonces muy crítico, cuando se hablaba de la necesidad de una figura independiente, capaz de unificar a los sectores democráticos del país ante el golpismo y las insurrecciones, tanto de la derecha como de la izquierda, salía a colación el nombre de “Ramoncito”, como le decía mi padre, cariñosamente, a quien fuera su condiscípulo en el Liceo Simón Bolívar de San Cristóbal. Ahí, en ese punto en el cual aparecía la figura del doctor Velásquez, la indeclinable resistencia de mi padre al adequismo se diluía como por arte de magia, no obstante que su compañero de liceo se había desempeñado, hasta hacía muy poco tiempo, como Secretario General de la Presidencia durante el agitado quinquenio del presidente Rómulo Betancourt.

Está claro que, para ese momento, al niño de entonces se le escapaba el hecho de que, en medio de tanto apasionamiento, sectarismo y violencia y ante a una gobernabilidad todavía en vías de consolidación, apareciera el nombre de este tachirense de apacible talante y de mente abierta, como uno de los pocos políticos, quizás el único, capaz de congregar a su alrededor un amplísimo consenso unitario, sobre la base de algo que, por estos años, se nos hace tan difícil de restituir: la consolidación democrática del país. Así, sin hacer ruido, a instancias de Betancourt, Velásquez se convirtió en el rostro amable y constructivo de un gobierno que debió batirse con dureza en defensa de la balbuceante democracia que apenas daba sus primeros pasos.

Luego, con los años, la historia demostraría cuán valioso e incluso, indispensable, resultaría ese atributo, en aquel entonces desechado, quiero decir, en cuanto a las posibilidades de que Velásquez se convirtiera en el candidato y casi seguro presidente gracias a una alianza entre social demócratas y social cristianos. Esa fue la propuesta que le hizo Caldera a un Betancourt que la rechazó, según cuenta el mismo Velásquez porque, como le advirtió a él mismo, “tú sabes, partido es partido”. De manera que el principal atributo de Velásquez, aquel que llevó a Caldera a formular la propuesta, es decir, su irreductible condición de independencia, se convertía en la causa de la negación a un destino que el doctor Velásquez no estaba precisamente deseando ni mucho menos buscando.

Treinta años después, cuando ya el sistema político, hijo del Pacto de Punto Fijo, se venía abajo y el golpismo brotaba hasta de los más insospechados rincones del país, en una especie de demencia colectiva celebratoria del desatino del 4 de febrero, se le impuso, casi como penitencia, la tarea de remendarlo, asistirlo y conducirlo, digo al sistema, hacia unas elecciones que paradójicamente significarían la liquidación progresiva de la democracia a través de un método también presuntamente democrático.

Pero a sus 77 años y contra todo pronóstico el doctor Velásquez le cumplió al país. Desasistido de apoyos partidistas, al frente de un gobierno de emergencia débil en apariencia y dando cada paso sobre el filo de lo sables, logró vencer las conjuras, enfrentó con inteligencia, sabiduría y sin concesiones a los conspiradores y se rodeó, para gobernar, de independientes de todas las tendencias. El peso decisivo de su honestidad, su republicanismo, unos principios verticales y su total desprendimiento de toda vanidad, tentación u ostentación del poder al cual son tan sensibles muchos gobernantes, lo mantuvieron siempre apegado a un inflexible sentido del deber. De ese modo hizo bueno su compromiso de mantener el rumbo del país por el cauce democrático y al llegar al final de su breve mandato, orgulloso de haber cumplido su cometido, se había convertido en uno de los héroes civiles del siglo XX venezolano.

Pero ustedes podrían suponer que he iniciado estas palabras con una digresión porque lo que, eventualmente, se debe esperar de mí, es el perfil del doctor Velásquez como periodista. Y la verdad es que por más vueltas que le he dado al asunto se me ha hecho difícil dividir, en tres porciones separables, la razón de ser de un hombre que no habría podido dedicarse a la política sin antes ser periodista y nunca habría llegado a tan altas cotas de excelencia, en el ejercicio de nuestra profesión, si hubiera carecido de esa poderosa herramienta que es el conocimiento cabal de nuestra historia republicana, que le dio hondura y sustancia a su pensamiento y a su acción como político.

Y aquí subrayo el término acción porque si bien es cierto que el doctor Velásquez ha sido, quizás como se le imagina desde el lugar común, un hombre de escritorio y de resistentes posaderas para soportar largas horas sumido en el laborioso estudio de libros y documentos, también lo es que su trayectoria como periodista y como político, se caracteriza por una dinámica arrolladora que se inicia muy pronto en el San Cristóbal gomecista de su adolescencia.

Lo primero que debemos afirmar en esa dirección es que su vocación periodística no viene por añadidura o como complemento de su otra profesión, la de abogado, sino a la inversa. Ramón J. Velásquez fue, por encima de todo, un reportero de raza, de aquellos que llevan la noticia en la sangre y por eso desde muy pequeño alimentó la inquietud de saber y de saber de todo, motor básico de cualquier aspirante a ejercer este tan ingrato, efímero y adictivo oficio que cuando nos atrapa no nos abandona sino con la muerte.

Corrector de pruebas a los diez años en el Diario Católico de San Cristóbal, del cual su padre era director, muy pronto se inició en la lectura de los diarios colombianos, sobre todo El Tiempo de Bogotá, así como en la escucha, por la radio, también colombiana, de los debates que daban en el Congreso unos tribunos que manejaban el idioma con puntillosa elegancia y mortífera precisión. Todo un privilegio del cual no podían gozar sino los venezolanos de la frontera porque en el resto del país la censura gomecista sepultaba cualquier intento de ejercer un periodismo comprometido con la verdad y no se diga identificado con alguna corriente ideológica o partidista.

La ventaja de disponer de tan rica fuente de información y de opinión le permitió contrastar las diferencias entre un país sumido en el silencio del miedo y la paz impuesta por el terror de un régimen militar y otro donde, a pesar de las guerras fraticidas, se practicaba formas democráticas como la del sufragio en elecciones de las cuales salían electos unos gobiernos regidos por civiles que, para más señas, eran cultísimos gramáticos de la lengua. El ejemplo colombiano, en el cual se reconoce el doctor Velásquez a la hora de analizar su primigenia formación como periodista y político, ubicaba a aquel inquieto adolescente en la peligrosa postura de convertirse en un disidente y por lo tanto expuesto a sufrir cualquiera de los castigos que el señor de La Mulera dispensaba a los opositores: la prisión, la tortura, los trabajos forzados o la muerte.

Fue así como, estudiante del Liceo Simón Bolívar, a los 16 años, participa en la fundación de un diario, El Nacional, a instancias de uno de sus profesores, Humberto Spinetti Dini y luego, con sus compañeros de clase, edita una revista, llamada primero Mástil y luego Antena. Sólo que el director del liceo, un intelectual de avanzada, Carlos Rangel Lamus, consciente de que sus alumnos estaban jugando con fuego, se las ingenió para que la imprenta se negara a seguir sacando el periódico.

Es entonces cuando Velásquez, junto con Leonardo Ruiz Pineda y otros compañeros, decide venirse a Caracas. Ya se le hacía pequeño el Táchira y podríamos decir que si no hubiera sido por su condición de periodista, y por la censura que ya se le hacía insoportable, quizás nunca habría venido a Caracas y los venezolanos hubiéramos perdido a uno de los personajes claves en la conformación del país moderno y democrático que tuvimos en ese interregno de algo más de 40 años bajo la conducción de gobiernos civiles.

Claro, el chamo de 16 años y sus compañeros de aventura no eran ni los primeros ni los últimos tachirenses que daban el salto hacia la capital porque luego de la invasión de los 60, según la conseja popular, los niños tachirenses recibían sobre su cabeza , presuntamente plana, una vigorosa palmada por parte de sus progenitores quienes al mismo tiempo los instaban a emprender el farragoso viaje con la consiguiente consigna: “Pa Caracas”, a donde vendrían, siempre con el imaginario popular, a ponerse una sotana, calzarse las botas de militar, a estudiar para doctor aun cuando la Universidad Central estuviera cerrada un año sí y otro no o, en el mejor de los casos, para convertirse en presidente de la república.

Así que con Velásquez podríamos decir que primero fue el periodismo, una decisión que posiblemente no adoptó conscientemente, sino dejándose llevar por su inclinación natural. Luego, con el tiempo, la toma de conciencia de que ser periodista en un país como la Venezuela de aquellos tiempos implicaba una grave responsabilidad, sólo acrecentó su voluntad de serlo y eso implicaba luchar contra toda forma de opresión, lo cual, a su vez, lo conducía, casi insensiblemente, a su condición de político activo, aun cuando lo hiciera desde su posición como independiente.

El recuento pormenorizado de la trayectoria periodística a partir de aquel momento de su llegada a Caracas, se nos hace materialmente imposible en una disertación como ésta por su prolijidad, pero, además porque se confunde con la historia misma del país. Cabe señalar, sin embargo, que muy pronto estaba adaptado a la novísima realidad que se le imponía y al poco tiempo dirigía Futuro, el órgano periodístico de los estudiantes del liceo Andrés Bello.

Espíritu inquieto, rápidamente trabó contacto con los intelectuales, los poetas, con los políticos de la generación del 28, con los dirigentes de las diversas tendencias ideológicas agrupados en los gremios estudiantiles y obviamente con el mundo diverso y heterogéneos del Liceo Andrés Bello, sus compañeros de clase y una pléyade de eminentes profesores que eran auténticos maestros.

Pero también su incorporación casi inmediata a la disidencia fue breve y los choques con la censura gomecista se limitaron a la clausura de Futuro, pues a meses de su arribo a Caracas moría Juan Vicente Gómez. El efecto de este acontecimiento, cuenta Velásquez en el libro “Un País, una Vida”, fue como si se hubiera roto una muralla, y se iniciara “el nacimiento de un nuevo tiempo”. Efectivamente, el país se disponía a espantar 27 años de inmovilidad total, de su congelamiento en el tiempo, para ponerse a tono con la historia y eso implicaba confrontarse con las nuevas corrientes del pensamiento y abrir las ventanas para que penetrara el aire fresco de la renovación en todos los órdenes. Así lo hizo el gobierno de López Contreras, quien, no sin resistencia, hizo una cautelosa y progresiva apertura que nos fue sintonizando con la necesidad de construir una institucionalidad que no existía, pese al esfuerzo de los positivistas e ideólogos del gomecismo por ordenar y centralizar a la Venezuela desperdigada del siglo diez y nueve.

Pero aquí nos detenemos para anotar dos características que definen a todo buen periodista. Ya señalamos antes que un atributo básico es el estar movido por una curiosidad casi patológica de saber y de saber en el más amplio sentido de la palabra. Eso le sobra al Velásquez, cuya naturaleza de reportero nato se combina con su condición de intelectual de vocación universal, aun cuando el campo de su obra, como periodista e historiador, se remita, sobre todo, a nuestra realidad nacional.

Hay otro aspecto y aquí entro en el terreno de las especulaciones, que es la notable fascinación de Velásquez por el poder y por quiénes lo detentan. Cómo lo conquistan, cómo lo ejercen, con qué finalidades, bajo qué circunstancias y a qué costo. Factores todos que definen, más allá de las ideologías, el problema ético, siempre en el trasfondo de la cuestión. ¿Hasta qué punto mandas o gobiernas? ¿Dónde nace y donde muere, si es que muere, el ansia primitiva del sometimiento del otro? ¿Y dónde nace y dónde muere, si es que algún poderoso la ha tenido, la convicción de hacer el bien, de anteponer los intereses generales a los particulares y de promover un estadio superior de convivencia entre iguales pero distintos?

Esa preocupación se refleja en sus crónicas, reportajes y entrevistas de Ultimas Noticias y de El Nacional en los años 40 y esa fascinación por desentrañar los recónditos arcanos de la dominación, muchas veces ocultos bajo la forma de una pretendida redención de los oprimidos, lo ha llevado a estudiar y a convivir con 200 años de historia republicana. Sólo que llegó un momento en el cual el impulso emergió con la fuerza de quien ya no sólo encuentra satisfacción en analizar el tema, en tratarlo desde la periferia, como activo y cercano observador, para comunicarlo a los demás, sino que en su afán de saber se lanza a las profundidades de las turbulentos aguas del poder y al final, casi sin proponérselo, afronta la prueba suprema de su pleno ejercicio.

Pero nos adelantamos porque el episodio en el que el joven reportero se convertiría en el secretario del potencial presidente de la república se vio frustrado por la enfermedad de Diógenes Escalante y así el periodismo se impuso a la política en un personaje que aún debía dar lo mejor de sí a la profesión. Y es que a partir del golpe de estado del 24 de noviembre de 1948 Velásquez asume conscientemente que el periodismo se convertía en herramienta fundamental de la lucha contra la dictadura. Una grave decisión porque suponía anteponer, a su integridad física y a la tranquilidad de su familia, unos ideales que muchos olvidan a la hora en que la barbarie y la represión asoman el hocico.

Era la lucha civil y desarmada de la democracia contra el militarismo y la dictadura y cuya mejor expresión la constituía el testimonio de rebeldía lanzado a la sociedad, desde la clandestinidad, por grupos y partidos de distinta filiación que mantenían viva la legítima causa de la insurrección. Así, nacieron iniciativas como la edición del Libro Negro de la Dictadura, que le costó el primer carcelazo de su vida a nuestro personaje, quien, también hacía su labor de zapa desde medios tolerados por el régimen como la revista Elite, burlando el lápiz rojo de los censores con toda clase de subterfugios y analogías que eran mensaje esperanzadores, al menos para los lectores más avisados y pendientes de leer, entre líneas, el mensaje cifrado de la libertad.

Pero la verdad es que el país estaba, quizás por primera vez en su historia republicana, ante unos disidentes que no luchaban por el tradicional quítate tú para ponerme yo, en sucesión inacabable de falsar revoluciones y de montoneras comandadas por caudillos regionales que habían asolado el territorio y la geografía espiritual del venezolano. Solventaban, así, presuntas diferencias ideológicas que resultaban apenas una formalidad para justificar sus inacabables rebeliones.

No. Aquí se trataba de una sólida postura sostenida por lo más nobles ideales. El tributo en sangre, persecuciones, tortura y presidio que hubieron de pagar esas generaciones de venezolanos nunca antes estuvo tan justificada como entonces porque antes que la continuación de la corrupción y, como diría Betancourt, el disfrute sensual del poder, se perseguía ponerle fin al militarismo y sus diversas manifestaciones, imperante desde el fin de la guerra de independencia y sustituirlo por una forma de vida civil y civilizada. En esa lucha Ramón J Velásquez entregó diez años de su vida, los mismos que duró la dictadura de Pérez Jiménez, de los cuales algo menos de la mitad se le fueron tras las rejas. Y es así como el 23 de enero de 1958 lo consigue saliendo, feliz, orgulloso e indemne de la cárcel de Ciudad Bolívar. Rcupraba, así, su condición de hombre libre.

Es cierto que muchos de esos ideales se fueron diluyendo con el desgaste que genera el ejercicio del poder y los nuevos gobernantes fueron asumiendo vicios que antes condenaban, conducta que no pasó inadvertida para el doctor Velásquez quien, en un año tan lejano como 1979, presagia, en su obra periodística cumbre, “Las Confidencias Imaginarias de Juan Vicente Gómez,” lo que ocurriría casi tres lustros después, advirtiendo que cuando las democracias pierden el rumbo moral y convierten en hazañas los delitos, el escepticismo y la frustración no debilitan al gobierno sino a la misma democracia y al final la entregan inerme.

Está visto que el llamado cayó en saco roto y no sería hasta 1993 cuando luego del elogio nacional y cuasi unánime a la intentona golpista del 4 de febrero del año anterior la dirigencia política, en un arrebato de sensatez, lo insta a que, en última instancia, con su autoridad moral y el respeto que inspira, evite el derrumbe total. Pero como él mismo lo apunta en ese mismo libro:”Es falso que en el campo de la política las sociedades sigan una línea, en ascenso hacia planos definitivamente superiores, sin posibilidades de retroceso”.Efectivamente, retrocedimos. No se si cincuenta, cien o ciento cincuenta años, pero este país moderno y pujante, que llegó a ser modelo democrático del continente, volvió al mundo de la oscuridad y si se quiere, con algo más de estilizamientos cosméticos, a la barbarie, el pillaje, la arbitrariedad y la atrabiliaria concentración del poder, primero en un solo hombre y ahora en un camarilla que no es sino sucursal de la casa matriz habanera. En fin todos los males juntos, los de la anarquía representados por el caos y los de la dictadura, representados por la represión y la supresión de las libertades.

Pero no se trata de establecer analogías porque si bien esto que vivimos hunde sus raíces en el siglo diez y nueve venezolano, la conformación, el estilo y articulación del régimen proviene de múltiples fuentes ideológicas y de realidades concretas que hablan de nuevas formas de dominación, digamos, postmodernas. Y decimos postmodernas porque si bien el objetivo está claro, todo parece diseñado para la incoherencia y la improvisación

Ese el caso de las relaciones del gobierno con los medios. Hace ya mucho tiempo se desechó el método brutal de la agresión física, de la persecución primitiva y el carcelazo sin sutilezas que caracterizó el régimen perezjimenista enfrentado por el doctor Velásquez. Ahora los métodos se han sofisticado y se apela al encarcelamiento pero por razones distintas a las reales , se silencia con el chantaje, con el uso bastardo de la pauta publicitaria, el cerco financiero, la amenaza a los anunciantes, la compra de los medios críticos, la autocensura. Sólo que cada día se hace más difícil aislar a un país, sustraerlo de la globalización y privarlo de la información porque la realidad se impone y buena parte de los medios de difusión se encuentra en manos de los mismos receptores gracias a las redes sociales y a al surgimiento de opciones mediáticas alternativas.

Esta, por otra parte, no es la Venezuela analfabeta del siglo diez y nueve, la Venezuela aterrada del gomecismo o la Venezuela temerosa de Pérez Jiménez que lo fue, hasta que estalló el 23 de Enero. Hoy los venezolanos tienen conciencia plena de su realidad porque la sufren día a día, están conscientes de que deben luchar por sus derechos y a pesar del cerco comunicacional y de la hegemonía de los medios estatales, se incrementa una mayoría deseosa de vivir en paz, en abundancia y en libertad, gracia a unas reservas morales tan grandes como para frenar una arremetida totalitaria que nunca pudo enseñorearse definitivamente. Y eso ha sido posible gracias a los 40 años de la República Civil.

Pero es aún largo y sinuoso el trecho que nos separa de la democracia plena y los periodistas seguiremos recorriéndolo, como lo hemos hecho hasta ahora, tras la huella de verdaderos arquetipos como Ramón J Velásquez, ejemplo vibrante de un hombre que cerca de los cien años ha visto caer a dos terribles dictaduras del siglo XX y ahora observa, con su fascinación de siempre por el poder y sus desgracias, el ocaso de esta tercera tiranía en pleno Siglo XXI.

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