Según Herrera Luque: "Un entierro como hay pocos"

AUTOR: Sólo dos presidentes de Venezuela han muerto en el ejercicio del poder: Juan Vicente Gómez y Francisco Linares Alcántara.

Voz 1: De lo que se infiere que el poder es bueno para la salud.

MUJER: ¡Qué casualidad! Un día como hoy, el 3 de abril de 1877, el Presidente Linares Alcántara —así lo dice este almanaque— decretó el Instituto Nacional de Bellas Artes. ¿Quién era este Presidente sobre el que se sabe tan poco? Voz 1: Casualidad por casualidad, mira el libro que estoy leyendo: «Recuerdos de Venezuela», por la señorita Jenny de Tallenay, publicado en París en 1884. MUJER: ¿Quién era ella?

Voz 1: La hija del Cónsul de Francia. Llegó a Venezuela en 1878 y vivió entre nosotros hasta 1881. Aparte de describir con donosura la vida de entonces, le dedica unos párrafos a Linares Alcántara, el Gran Demócrata, como hiperbólicamente lo llamó Guzmán Blanco, de quien no era más que un testaferro calientasilla.

NARRADOR: Francisco Linares Alcántara nació en Tumero en 1825. Era hijo del General Francisco de Paula Alcántara, héroe de la Independencia, y de una humilde mujer del pueblo, Trinidad Linares, quien concibió al margen de la legitimidad.

VOZ 1: Era el típico venezolano de clase humilde, aupado en su ilcstino por los avalares de la guerra. Era hombre de tabaco en la vejiga, que se paraba en lo mojado y resbalaba en lo seco.

NARRADOR: Por fidelidad a Guzmán Blanco y por los manipuleos consiguientes fue elegido por el Congreso, Presidente de la República, para el bienio 1877-1879. Su lenguaje y doctrina eran simples y llanos. Al preguntársele en cierta ocasión por su programa de gobierno respondió:

LINARES: ¡Guá, muy sencillo! Encararme en la torre de la Catedral con dos sacos de morocotas y echarle real a todo aquel que lo necesite... (Risa.)

NARRADOR: Era tal su fervor por el Ilustre Americano, que una vez que Guzmán entró a su hacienda de La Victoria despegó los caballos y poniéndose en su lugar lo arrastró por un buen trecho, «ya que las bestias no merecían el honor de llevar hasta su morada a un genio como Guzmán Blanco.»

MUJER: Hay que ver a los extremos a que puede llegar en Venezuela la adulación.

Voz 1: ¡Ay, mijita, eso es un mal endémico que todavía da sus frutos!

MUJER: ¿Por qué hay adulantes?

Voz 1: Porque hay gobernantes a quienes les gusta que les adulen. Eso es de cajón. La embriaguez del poder puede llevar a extremos increíbles y en particular si se sienten culpables de usurpar atribuciones o de estarlo haciendo mal. El mal gobernante necesita constantemente del elogio. Seguramente por ser el primero en no creerlo. Pero oigan lo que escribe la señorita Tallenay, hace más de un siglo:

SEÑORITA TALLENAY: (Francesa) En ningún país el funcionarismo ha hecho tanto daño. El ensueño de la mayor parte de los venezolanos es ocupar algún empleo público, es decir, aproximarse a la fuente de los honores. Él nativo es inteligente, pero perezoso. Abandona a los extranjeros los grandes negocios comerciales e industriales, los trabajos que exigen cono cimientos serios y una voluntad perseverante: la suya no tune más que un objetivo, el hacerse inscribir por una cantidad de dinero cualquiera en el presupuesto nacional. MUJER: ¡Mijita, parece que no hubiese pasado el tiempo! Estamos igualitos.

Voz 1: Pero, óiganme esto:

SEÑORITA TALLENAY: Los venezolanos se han acostumbrado a esperarlo todo del gobierno. Es él quien debe tomar la iniciativa en todo, concebir, proyectar, ejecutar. Si el gobierno está discutido, si pierde su prestigio, los esfuerzos individuales no suplen su carencia.

MUJER: (Grave) ¡Chico, esto es más serio de lo que yo creía!

Voz 1: Escuchen lo que dice de Linares Alcántara:

SEÑORITA TALLENAY: Nos recibió en la Casa Amarilla, una hermosa casa de un piso, cuyas ventanas en número de doce dan hacia la Plaza Bolívar. Fuimos recibidos en un pequeño salón, amueblado con bastante lujo pero sin demasiado buen gusto. Era un hombre joven aún, de estatura elevada. El pelo un poco crespo revelaba la presencia de la sangre africana.

Voz 1: La Srta. Tallenay, escribe que los venezolanos son muy sensibles a la crítica y amantes de las lisonjas.

SEÑORITA TALLENAY: «¿Cómo encuentra usted a Caracas? —decían algunos—. ¿No se parece a París?» «¿Tienen ustedes en Europa —preguntaban otros— parques tan bonitos como la Plaza Bolívar?» Tenía miedo de contradecirles.

MUJER: Ni siquiera en eso hemos cambiado. Hay que ver los papelones que hacemos a cada rato preguntando a los visitantes el mismo parecer. La princesa Ira de Fürstenberg hace poco nos salió con una pata de banco cuando dijo que Caracas era muy fea.

Voz 1: La Tallenay describe como hermosa y pintoresca a la Caracas de hace un siglo, aunque dice que las calles más allá del Centro están mal trazadas, mal empedradas y peor concurridas. Opina que el consumo de carne es muy poco, pues para una ciudad de 50.000 habitantes se despachan diariamente 45 animales, bueyes, vacas, terneras y puercos.

MUJER: Pues con todo, yo creo que comían más que ahora... Voz 1: Se queja de la manía que tenemos de echar discursos. La forma cómo describe el entierro del Presidente Linares Alcántara merece destacarse:

NARRADOR: El presidente de la República murió súbitamente en La Guayra, en la actual casa de la Guipuzcoana, el 30 de noviembre de 1878. El Congreso decretó de inmediato que sin más ni más fuese enterrado en el Panteón Nacional. S

SEÑORITA TALLENAY: «El día de las exequias se formó una comitiva con mucha pompa. El féretro, llevado en hombros, abría la marcha, seguido del Presidente interino, venerable anciano cubierto de canas; del clero, con el arzobispo de Caracas a su cabeza, en hábitos pontificiales; del cuerpo diplomático con uniforme de gala; de una división militar con tambores velados, y por fin, de una enorme multitud turbulenta y agitada. La calle que lleva al Panteón estaba adornada de flores y bordeada de postes con emblemas masónicos. Todo se llevó a cabo en el mayor orden hasta el paso de un puente que cruza el Catuche en la esquina de la Trinidad. En este lugar se oyó de repente un pistoletazo que provocó una riña espantosa. Cada uno de los asistentes, revólver en mano, se dispuso a defenderse y los soldados, creyéndose ante un complot, empezaron a disparar sobre la comitiva. Se siguió una desbandada general y el ataúd del difunto presidente fue abandonado en medio de la calle.»

MUJER: ¡Qué relajo! Nunca me imaginé que el entierro de un Presidente terminase como un baile campesino con su palo a la lámpara. ¿Y quiénes serían los que promovieron el desastre? ¿Quién echaría el primer tiro?

Voz 1: Unos dicen que los godos; según otros, los mismos héroes del Panteón, indignados por la presencia de aquel hombre que llegó a presidente por tirar como un burrito de la calesa de Guzmán. De todas formas, cuando pasó el zaperoco, volvieron los amigos del muerto y lo llevaron hasta su último destino.

NARRADOR: ¿Conocen ustedes un entierro presidencial más pintoresco? ¿No es acaso digno de un film de Fellini o de una obra de Ionesco? Nuestra historia es una cantera inagotable de episodios de este género.

HERRERA LUQUE, Francisco. "La Historia Fabulada (Segunda Serie)". Editorial Pomaire, 1982. Págs 231-234

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