Según Herrera Luque: "Nuestro último rey"

Retrato de Fernando VII con uniforme de
capitán general, por Vicente López Portaña 
AUTOR: En el capítulo anterior, hablábamos de Carlos IV y de su pérfido hijo Fernando, quien por razones de todos conocidas habría de ser nuestro último rey. En otra ocasión también dijimos que de no haberse producido la insurrección de Riego, es muy posible que la revolución de la Independencia hubiese sido aplastada.

NARRADOR: En 1820 estaba presta a zarpar de España hacia Venezuela una inmensa flota, transportando 20.000 veteranos de las guerras contra Napoleón. A causa del alzamiento de Riego se frustró la expedición; lo que fue determinante para la renuncia de Morillo y el triunfo definitivo del Libertador en Carabobo, un año más tarde.

AUTOR: En 1823 el Libertador pasa al Perú con un gran ejército. Mucho se ha dicho que además de los nobles ideales de libertad mucho pesó para aquella decisión el peligro que para los países liberados representaba el poderío militar español en el hermano país. Eso no es del todo cierto.

Voz 1: El ejército español en el Perú, además de estar sumergido en la anarquía, era insuficiente por sí mismo —como se demostraría al poco tiempo en Junín y Ayacucho— para enfrentarse a los ejércitos libertadores.

Voz 2: Los patriotas peruanos hubiesen echado a los españoles sin auxilio de Bolívar.

NARRADOR: Riva Agüero, presidente del Perú, cuando recaba su auxilio le pide armas y no hombres.

AUTOR: ¿Qué necesidad tenía, entonces, el Libertador, de llevar la guerra al Perú cuando Venezuela estaba exhausta luego de diez años de guerra?

NARRADOR: ¿Era acaso el afán de gloria, como tantas veces se lo enrostraron Páez, Santander y sus innumerables enemigos?

Voz 1: ¿Era acaso la insensata compulsión de seguir guerreando, sin importarle un pito la tranquilidad de su gente?

AUTOR: ¡En modo alguno!

Voz 2: Fernando VII, luego de vencer a Riego y a sus partidarios apoyado por la Santa Alianza formada por Francia, Austria, Prusia y Rusia preparaba una invasión a sus dominios americanos, parecida a la frustrada de 1820.

Voz 1: Rusia prestaba su flota a España para el transporte de las tropas.

Voz 2: El Callao, a pocas leguas de la capital del Perú, y en poder de los españoles, era la única plaza fuerte por donde España podía hacer un desembarco.

NARRADOR: Si el ejército español hubiera tomado El Callao, como cabeza de puente, nos hubiésemos encontrado en la misma situación de 1820. De ahí la necesidad impostergable del Libertador por tomar dicho puerto y ocupar militarmente al Perú.

AUTOR: ¿Está claro, entonces, cuáles fueron los verdaderos y justificados móviles del Padre de la Patria de llevar la guerra al Sur?

Voz 1: Ahora sí lo entiendo...

Voz 2: Era una necesidad vital...

AUTOR: De todas formas, por más que las exigencias tácticas de la época lo justificaban, no hubiese sido necesario tamaño sacrificio. La segunda flota, al igual que la primera, nunca zarpó hacia su destino. Todo se quedó en veremos.

Voz 1: ¿Y por qué?

AUTOR: Por culpa de nuestro último rey Fernando VII, Su Sacra, Cesárea e Imperial Majestad o sucarreá majestá, como decían hasta hace poco los echadores de cuentos en Barlovento.

NARRADOR: Fernando VII no acabó su historia de abyección y bajeza frente a Napoleón; la continuó y exaltó a todo lo largo de su reinado.

Voz 1: No hay un solo historiador español que no deje de condenar y con los peores términos a este rey a quien su pueblo llamó el Deseado y recibió al grito de «¡Vivan las cadenas!».

Voz 2: Los enviados de Napoleón a Venezuela fueron echados por el pueblo y los notables a los gritos de: ¡Abajo Napoleón y los franchutes!

NARRADOR: Con el objeto de salvaguardar los intereses del príncipe cautivo se formaron en nuestro país las primeras juntas de gobierno autónomo.

Voz 1: Con excepción hecha de los criollos, tanto canarios, como vascos, pardos y negros sintieron idolatría por el Rey Hispano.

AUTOR: Miranda fracasa en 1812 porque los esclavos de Barlovento se lanzan a su favor.

NEGRO: ¡Viva Sucarreá Majestá!
(Vocerío. Vivas sueltos).

AUTOR: Hace ya casi treinta años vivía en Caracas un fabricante de antigüedades que a porrazos y con sustancias químicas, transformaba viejos cachivaches en joyas del arte colonial. Algo tiene que ver con esta historia.
(Alguien salta sobre un tablón.)

VISITANTE: ¡Buenos días, maestro! Pero, ¿qué está haciendo con esa brincadera sobre esa puerta?

ANTICUARIO: Aquí, mijito, haciendo una puerta de la Catedral de Coro del siglo xvm.

AUTOR: Dentro de aquella magma de objetos se encontraban de pronto cosas de valor; como fue una tablilla con la vera imagen de Fernando VII, y a quien lamentablemente reconocí a posteriori. Es muy probable que en viejas casonas del interior y hasta en modestas viviendas se encuentren retablos de Fernando. El fervor del pueblo por el Rey Bellaco era indescriptible.

NARRADOR: Lo llamaban Narizotas o Cara de Pastel. Y en cuanto a simpatía e inteligencia no hubo rey de España más populachero y de mayor facundia.

Voz 1: Carecía, sin embargo, del más mínimo escrúpulo.

Voz 2: No respetaba promesas ni compromisos.

Voz 1: Prometió respetar la Constitución de Cádiz, cuando retornó al país en 1814. Apenas pudo, la desconoció, encarcelando y dando muerte a buena parte de sus autores.

Voz 2: Era tan abyecto, que un día en que su servilismo ante Napoleón llegó a extremos, el Duque del Infantado le gritó estentóreo, para indignación del Emperador:

DUQUE: ¡Vamos, Majestad, que sois el Rey de España!

NARRADOR: A sus padres, viejos, pobres y exiliados en Roma, los hizo objeto de toda clase de persecuciones.

Voz 1: En el mismo año de su retorno al trono tiene que enfrentar la rebelión de Mina, que se opone a su absolutismo. Revuelta tras revuelta se suceden hasta 1820, en que estalla la muy célebre de Riego. Le imponen una constitución y un gabinete liberal. El rey simula aceptar mientras conspira.

Voz 2: En 1821, al grito de «Viva el Rey Absoluto» se sublevan cuatro batallones a su favor. Estalla la guerra civil. Fernando VII solicita la intervención extranjera. Cien mil hombres procedentes de Francia, Prusia y Rusia, «Los Cien Mil Hijos de San Luis» invaden a España y lo reponen en el trono el 1.° de octubre de 1823. De inmediato declara sin valor todos sus compromisos.

NARRADOR: Restauró la Inquisición. Riego fue fusilado. Ciento doce liberales fueron ahorcados. Se habla de exterminar a los familiares de los liberales hasta la cuarta generación. Es enemigo jurado de los intelectuales. Muchos de ellos son encerrados en el presidio de Ceuta. Se reúne con individuos de la más baja estrofa. Chamorro, un simple aguador, es su alter ego.

Voz 1: Sus gustos son de una plebeyez extraordinaria. Vivía rodeado de truhanes y malandrines. «Pocos soberanos —escribe el historiador Castillo— ha habido que estuvieran más de acuerdo con los más bajos instintos del más bajo de sus súbditos».

AUTOR: Como es evidente, aquel «bellaco» —como lo llamó Madariaga—, aquel solapado mozo destinado a ser el más ineficaz y funesto de los Borbones —como afirma el historiador Ballesteros— por sus múltiples vicios y defectos, no las tenía todas consigo, ni siquiera para mantener la paz en la propia España. Vivió hasta su muerte en 1833 en una conspiración. No era posible, por consiguiente, que arriesgase su poder enviando a América un ejército infiltrado de liberales, que al menor revés podían volverse en contra suya. ¿Qué respeto podía merecer aquel rey felón carente de honor, honestidad y limpieza de corazón? Por todo esto no pudo organizar un ejército para reconquistar el Imperio perdido. Por esta misma razón el Libertador promete a los españoles ir a la Península con su ejército para liberarlos del que, hasta 1811, fuese nuestro último rey.

LibroFrancisco Herrera Luque. "La Historia Fabulada (Segunda serie)". Editorial Pomaire. Pags. 239-243

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