Según Herrera Luque: "Tradiciones de Semana Santa"


AUTOR: ¿Quién se iba a imaginar, hace menos de treinta años, que la Semana Santa, época de recogimiento y misticismo por definición, terminaría en esta fiesta pagana que arroja más muertos y heridos en siete días que la guerra en El Salvador?

VIEJA: (Añorante) Cuando yo estaba chiquita nos pasábamos toda la Semana Santa admirando los monumentos.

JOVEN: (Zumbón) Y nosotros también, abuela. Si tú vieras los monumentos de tanga y bikini que hay en Macuto... i

VIEJA: (Indignada) ¡No seas bruto y falta de respeto, piazo'e bicho! En mis tiempos se llamaba monumentos a las sagradas


esculturas que se exhibían eiílas iglesias y se sacaban a la calle en solemne procesión. VIEJO: (Protestando) ¡Qué relajo impera hoy día! ¿Te acuerdas, Eufrosina, el recato que se guardaba antes? 

VIEJA: ¿Cómo no me voy a acordar? Se ponía uno su mantilla y no se la apeaba para nada. Las mujeres nos vestíamos de luto y los hombres de flux y corbata oscura, y a nadie se le ocurría bañarse en el mar... 

JOVEN: (Curioso) ¿Por qué? 

VIEJA: (Misteriosa) Por temor a volverse pescado. 

VIEJO: Los cazadores, ni por todo el oro del mundo se atrevían a coger monte, porque se perdían. Cuando estaba niño, le oí contar a mi abuelo que un joven ajeno a las tradiciones, dizque que agarró su escopeta para ver qué cazaba, nada menos que en Jueves Santo.
(Ruidos selváticos. Pasos. Silba una canción. Cesan bruscamente los ruidos selváticos.)

CAZADOR: (Con entusiasmo) ¡Aja! Allá hay un animal... (Pasos sobre hojarasca) (Admiración) ¡Tronco'e venao! Nunca lo había visto tan grande... (Con sorpresa, deslizándose al terror) Pero, si es del tamaño de un caballo... ¡Ave María Purísima, echa candela por los ojos...! (Carrera. Gritos de terror)

VIEJO : (Misterioso) Se le apareció el mismo diablo por andar de brejetero, buscando lo que no se le había perdido.

JOVEN: (Burlón) No juegue, viejo. ¡Usted como que cree que yo soy gafo! ¿Cómo voy a creer en esas supercherías?

VIEJO : (Suficiente) Pues, mira... Es posible que los que van de cacería el Jueves Santo no se encuentren con el Venado Maldito, porque con la depredación que existe ya no se consiguen ni rabipelados; pero así como los pecados cambian y evolucionan con el tiempo, también los castigos y las asechanzas del demonio. No se te olvide que los diablos andan sueltos, y con permiso de Dios, desde el Viernes a las tres de la tarde hasta el Sábado de Resurrección. Me decía un cura amigo mío que muchos accidentes de tránsito de esos días eran obras del demonio.

SACERDOTE: (Español) Pues, sí, don Sebastián. Conozco por secreto de confesión que muchos accidentes de tránsito ocurrieron de esta forma:
(Motor de automóvil en marcha lenta. Corneteo.)

JOVEN 1: Mírame cómo está esa cola. Esa es la alcabala. A este paso llegaremos mañana a Puerto la Cruz, asjoven: 2: Mira, Chamo, esa jeba que está allá...

JOVEN: 1: (Admirativo) Pero si es una huérfana. Dile ahí, que si quiere una colita...

JOVEN 2: ¡Hola, precrosa! ¿Te llevamos en carro o cargada...?

SACERDOTE: La chica, según me contó uno de los jóvenes, tenía una pinta de Magdalena antes de conocer a Cristo, que vamos, hombre, y con el debido respeto, era la misma concupiscencia en bandeja. Es de advertir, y perdone usted la digresión, que en España y particularmente en Salamanca, de donde soy originario, se era tan estricto con las mujeres de • mal vivir que el Domingo de Ramos, todas las calientacamas de la cuidad tenían que salir de la ciudad y mudarse al otro lado del río. El Domingo de Resurrección, en gesto compasivo ya que el Señor perdonó a la Magdalena, todos los estudiantes, con el Rector a la cabeza, iban en busca de las descarriadas. Y le traigo esto a colación porque es la mujer fácil, la encarnación preferida del demonio. Según me refiriese el truhán del cuento en cuestión, la picarona de la alcabala consintió en subir al auto, colocándose entre ambos jóvenes. Como por arte de magia, apenas montó, desapareció súbitamente tras un recodo del camino la sucesión interminable de autos.

JOVEN 1: (Con sorpresa) ¿Y qué se hicieron los carros? Está más sola la carretera que un miércoles de septiembre

JOVEN 2: (Incitando) ¡Písala! ¡Hasta el fondo!
(Cambio brusco de aceleración. Gran velocidad. Choque.)

SACERDOTE: (Sentencioso) La carretera no estaba despejada sino atestada de vehículos, en ambas direcciones. El que manejaba quedó sin vida al instante. El que me contó el incidente estuvo entre la vida y la muerte por casi un mes. El cuerpo de la mujer que los acompañaba no apareció por parte alguna. Era, sin duda, una diablesa. El demonio adaptado a los modos dé nuestro tiempo. Y si antes se les aparecía a los cazadores furtivos en forma de ciervo gigantesco, ahora lo hace bajo el disfraz de una buscona que incita al frenesí de la velocidad. Por eso, permitidme decirle esto a los temporadistas: (Con eco) Conductor, no corras, piensa en tu vida...

VIEJO: ¿Qué te pareció el cuento? Aplícate, pues, la moraleja...

VIEJA: Y sobre todo, no bebas...

JOVEN: ¿Y se puede saber por qué?

VIEJO: Porque el Señor padeció de sed aquel día. El Viernes. Santo no se puede estar caminando de un sitio a otro y mucho menos beber. Eso fue lo que le pasó al judío errante: por no detenerse a darle un sorbo de agua al Señor, fue condenado a andar de un sitio a otro por toda la eternidad, ofreciendo algo de beber a quien se encuentre...

JOVEN: Igualito que Johnny Walker... Ciento veinte años caminando y sigue tan campante...

VIEJO: No digas necedades, que esas cosas las castiga Dios. (Clamor de chicharras.) ¿Escuchas las chicharras? ¿Sabes por qué no pueden dejar de cantar hasta morir?

JOVEN:¿Por qué?

VIEJO: ¿Porque cuando el Señor iba camino del Golgota todos los animales suprimieron sus cantos menos las chicharras. (Clamor de chicharras) Hasta el Cristofué, que tiene fama de acúsela...

JOVEN: (Interrumpiendo) No entiendo.

VIEJO: ¡Guá, ¿no dice acaso «Cristofué»? ¿No es acaso una señal inequívoca de haber delatado al Señor? Pues, el Cristofué y que le reclamó a las chicharras...

CRISTOFUÉ: Cállense, chicharras del carrizo, tengan más respeto...
(Cesa el clamor de las chicharras.)

CHICHARRA: (Despectiva) Umjú... Córrela, chismoso... Sigamos, niñitas, con el concierto...
(Clamor creciente de las chicharras.)

VIEJO: Dicen que el Señor las maldijo por irreverentes. Por eso están condenadas a cantar hasta que revienten.

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