Según Herrera Luque: "Yo acuso. Yo demando.."

AUTOR: Cuando un funcionario asume una responsabilidad político-administrativa es sometido al siguiente ritual:

Voz 1: (Muy solemne) ¿Jura usted respetar la Constitución y las leyes de la República?

Voz 2: ¡Lo juro!

Voz 1: Si es así, que la Patria os lo premie, y si no que os lo demande.

AUTOR: ¿Cuántas veces los que han tenido en sus manos los destinos del país se han saltado a la torera este juramento, sin que nada les suceda ni en vida ni después de muertos?

NARRADOR: ¿Que tal si un día la Patria pudiera encarnarse, y les saliese al paso para decirles amenazante: «Vengo a demandar el mal uso que hiciste de mi confianza»?

AUTOR: Refiere el Coronel Edito Ramírez, que, siendo subteniente cuando se firmó el ominoso tratado de 1941, recibió una orden de su jefe inmediato.

JEFE INMEDIATO: Haga el favor de redactar un telegrama de felicitación al Presidente de la República por este tratado que pone fin a una larga disputa.

CORONEL RAMÍREZ: Con el debido respeto, me permito recomendarle que no lo haga, mi comandante. Ese tratado es lesivo a Venezuela y tarde o temprano lo reclamarán las generaciones venideras.


AUTOR: No erró el coronel en sus profecías. Aunque todavía la protesta está asordinada por múltiples razones, ya se escucha el malestar creciente que sentimos los venezolanos por aquel malhadado tratado, que no sólo nos arrebató buena parte de nuestro territorio, sino que hoy nos plantea serios y graves conflictos de consecuencias inimaginables.

Voz 1: (Vehemente) ¿Es que acaso no pensaron en las terribles proyecciones que el hecho concitaría contra la soberanía nacional? ¿Qué razones y explicaciones dieron para ceder parte del territorio?

Voz 2: (Suficiente y apaciguador) Eramos un país inerme, mi joven amigo. No había ejército. Hubiésemos sido aplastados. Era un sacrificio inútil.

Voz 1: (Seco y puntilloso) En materia de territorialidad no hay sacrificios inútiles. Más inermes eran los finlandeses ante Rusia, y los polacos ante Alemania, cuando decidieron plantarle cara al invasor. Es muy diferente que nos arrebaten por la fuerza un pedazo de territorio, como le sucedió al Ecuador, a reconocer por contrato la legitimidad de un despojo.

Voz 3: (Acusador) ¿Cómo se llaman los responsables de aquel infeliz tratado? ¿Quién era el Ministro de Relaciones Exteriores? ¿Quiénes formaban parte de aquel gabinete? ¿Qué voces se alzaron en el Congreso para acceder o para protestar?

Voz 2: (Superior, paternal) ¿Para qué, mi joven amigo? Buena parte de esos hombres son figuras muy distinguidas de la nación. ¿Qué necesidad tenemos de estar alborotando el avispero cuando eso ya es cosa juzgada y pasada?

Voz 1: (Severo) No es tan juzgada ni pasada desde el momento en que estamos metidos en un berenjenal. (Violento) No pueden ser honorables, ni dignos de respeto ni admiración los que comprometieron el destino de la Patria.

Voz 2: (Bondadoso-pedagógico) Deje en paz a esa pobre gente, ellos no son culpables.

Voz 3: (Airado) ¿Cómo que no son culpables? (Acusador) ¿Y qué significa la presencia de sus firmas en los protocolos?

Voz 2: (Condescendiente) Las circunstancias los obligaban. No se les olvide que Venezuela es un país presidencialista...

Voz 1: (Airado) Nadie obliga a nadie a hacer nada, y menos dentro del clima democrático del gobierno de López Contreras. El Dr. Santos Dominici, Embajador de Juan Vicente Gómez ante el gobierno de los Estados Unidos, no vaciló en presentar su renuncia, condenándose a duro exilio, cuando Gómez hizo que el Congreso eligiese a su hermano Juancho y a su hijo José Vicente, como primero y segundo vicepresidente. El pobre Mocho Hernández, a quien se le ha dado aureola de iluso Quijote, hizo otro tanto cuando Castro violó la Constitución. Y así como los citados hay innumerables venezolanos —de quien nadie se acuerda— que prefirieron renunciar antes que hacerse cómplices y responsables de una infamia.

Voz 2: (Triunfaly jocoso) ¿Y qué fue de ellos? Usted mismo lo acaba de decir: yacen en el olvido. En Venezuela es una tontería renunciar...

Voz 3: (Grave) Es la protesta más digna de los débiles...

Voz 2: (Cínico) Los débiles no van a ninguna parte; yo siempre he dicho que quien tenía razón cuando se enfrentó a Vargas fue Garujo... «El mundo es de los valientes...»

Voz 1: (Increpando) Dígame ¿dónde está Garujo y donde está Vargas?

Voz 2: (Sabihondo) Pero, ¿cuánto tiempo hubo de pasar para que se hiciese justicia?

Voz 3: (Verbigerante) Ahí está precisamente el meollo del asunto. Si los que atenían contra las leyes de la República padecieran en vida lo que mal hicieron, otro gallo nos cantara. Si los gobernantes y sus colaboradores supiesen que la Patria puede demandarles el incumplimiento de sus deberes, la cosa sería diferente.

Voz 1: (Melancólica) Desgraciadamente, los que han abusado del poder en Venezuela, dejan a sus herederos tan apertrechados de riqueza que se hacen invulnerables. Resulta hasta peligroso recordar sus crímenes y desafueros. Ahí tienen el caso de José Ignacio Cabrujas, amenazado de convertirse en el último preso de Juan Vicente Gómez, por el delito de difamación.

Voz 3: (Suavizando el tono) En una época, no sé ahora, la cuarta parte de los procesados en los penales lo eran por difamación. En Venezuela, como dice Ramón Velásquez, no es tan peligroso robar y matar desde el poder, como escribir los crímenes y delitos de los que alguna vez gobernaron.

Voz 1: Más persecución sufrieron por sus escritos Pío Gil, José Rafael Pocaterra, Rufino Blanco Fombona y el mismo Mariano Picón Salas, en plena era democrática, que los sayones a quienes traen al banquillo de los acusados en sus obras y novelas.

Voz 3: (Sentencioso) El escritor es el vengador de una sociedad. Por su intermedio la Patria demanda y condena.

Voz 2: (Burlón) Papel no tumba gobierno. Acepten la realidad nacional y déjense de pistoladas. ¿Quién sabe, salvo algunos eruditos, lo que hicieron la serie de periodistas y escritores que por oponerse a Juan Vicente Gómez terminaron en la Rotunda? Léase la lista de presos del año 23 y dígame si conoce a alguno. (Sugerente) La primera lección que tiene que aprenderse un político es la de su realidad telúrica. Las leyes, como usted mismo dijo, fueron hechas por los culpables para evitar que los conjuren a juicio y encima conservan suficiente poder como para aniquilar a sus adversarios. Si hay una mayoría silenciosa, hay también una minoría silenciosa que trabaja en las sombras, que no se expresa, pero que conspira contra todo aquel que se las eche de moralista.

Voz 3: Eso es verdad. La Psicología del Rumor desde arriba es inmensamente destructiva. Basta poner a circular cualquier calumnia para hacer trizas al más fuerte de los escritores.

Voz 1: (Puntillosa) ¿Será por eso que en Venezuela hasta los escritores de izquierda evaden la acusación, refugiándose en el más puro y aséptico estilismo?

Voz 2: (Jovial) Ya que usted me lo pregunta, no me queda más camino que responderle afirmativamente. Fíjese en mi caso: Modestia aparte, creo mantener el respeto de la comunidad, a pesar de tener más de cincuenta años escribiendo. Eso sí, fíjese en mi estilo. Nada de diatribas contra nadie. Salvo que el muerto no tenga dolientes. Evado los temas escabrosos, y cuando amanezco de mal humor, elijo una figura histórica de doscientos años atrás para dármelas de moralista.

Voz 1: Pero usted es un grandísimo cínico...

Voz 2: (Burlón) Llámelo como usted quiera; pero aquí me tiene, vivito y coleando y de primer chicharrón en todos los eventos sociales.

Voz 3: (Con acento de tribuno) Esto no puede seguir. Los escritores y dramaturgos tienen que continuar, enfrentándose a las injusticias, descubriendo ante el mundo la responsabilidad criminal de los malos venezolanos, sin que amañadas disposiciones legales les impidan cumplir su papel, transformándolos de jueces en víctimas.

Voz 2: ¿Y se puede saber, qué va a ganar con eso?

Voz 3: (Ingenuo. Juvenil) Ejemplarizar; alertar a los que actualmente detentan el poder y a los que mañana los sustituyan de que puedan ser expuestos a la vergüenza pública, que es la mayor pena que se le puede infringir a un ser humano. Si en Venezuela, como acontece en muchos países civilizados, la gente común, corriente y mayoritaria le hiciese sentir su menosprecio a los culpables, otra sería nuestra suerte. Si en vez de saludarlos con alborozo, como se hace, les hiciesen saber su repudio, se abstendrían de delinquir o se alejarían para siempre de Venezuela.

Voz 1: En cambio, hay que ver el respeto y admiración que merecen de la gente los grandes peculadores o sus hijos, que reaccionan como unas cuaimas cuando alguien trae por escrito el mal recuerdo de sus gestiones.

Voz 3: El escritor aspira a sensibilizar la perspectiva y la acción de esa inmensa mayoría silenciosa, que se contenta en murmurar lo que a gritos debe decirse. Es en esa inmensa mayoría silenciosa, donde la Patria encarna para increpar al mal gobernante:

Voz DE MUJER: Yo te acuso, yo te emplazo, yo te demando.

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