Según Herrera Luque: "La historia, Caracas y el aseo urbano"

AUTOR: ¿Por qué es Caracas una de las ciudades más sucias del orbe?

NARRADOR: ¿Por qué nuestras calles parecen una inmensa papelera? Da la impresión de que la noche anterior se hubiese celebrado un inmenso baile de carnaval. Vasos de cartón, cajas, botellas vacías, latas, pipotes abarrotados de basura, desperdicios de comida, deyecciones humanas, animales muertos, aguas negras, paredes pintorreteadas con palabras soeces, jardines sucios y desgarrados, olores pestilentes, bancos y teléfonos rotos y sobre todo, papeles. Caracas es una ciudad tomada por los papeles. Hay papeles por todas partes. Hay papeles en las avenidas. Ríos de papel y basura bajan de los cerros. Hay papeles en los santuarios, en los restaurantes, en las oficinas, en las oficinas públicas.

AUTOR: Con razón Balcón Risueño redujo a la mitad el presupuesto destinado al papel toilet de su despacho. Treinta años atrás, Caracas era muy limpia. Era una ciudad, que como decía Cecilia Martínez, esa gran caraqueña, olía a flores y a frutas.

ANCIANA: (Sentenciosa) La gente barría el frente de sus casas...

ANCIANO: A nadie se le ocurría echar basura para la calle. Con decirles que hasta se consideraba pavoso barrer hacia la calle.

ANCIANA: El Aseo Urbano, con toda la pobreza de entonces, funcionaba.  ¿Te acuerdas, viejo, cómo era en aquel entonces?

(Golpes en la puerta.)

UNA voz: ¡Aseo!

ANCIANA: Pase, señor.

UNA voz: ¿Está amarrado el perro?

ANCIANA: Sí, señor. Pase adelante, no hay cuidado.

ANCIANO: La gente del aseo no sólo recogía tres veces a la semana la basura sino que la iban a buscar al fondo del corral. Cuando el General Juan Vicente Gómez, venía de visita a Caracas un carro del aseo urbano recorría las calles echando agua, para que no hubiese ni siquiera polvo.

ANCIANO: Eramos muy limpios los caraqueños y eso que en aquellos tiempos muchas casas no tenían ni siquiera excusado.

NARRADOR: ¿Y cómo hacían?

ANCIANO: Bueno... había letrinas o excusados de hoyo..., y en las partes más rurales, el corral y los cochinos. Los cochinos, al igual que los zamuros, cumplían una gran labor sanitaria...

ANCIANA: Cuando yo era muchacha, se tenía por costumbre que cuando se mataba pollo o gallina, las tripas se echaban al tejado...

NARRADOR: ¿Y para qué?

ANCIANA: Para echárselas de ricos... En esa época una gallina era un lujo...

NIÑO: ¡Mamá, mamá!

MUJER: ¿Qué fue, niño?

NIÑO: En casa de los Vegas están comiendo gallina, mírame qué zamuraá...

VECINA: (Irrumpiendo) ¿Supieron que ayer en casa de los Vegas comieron gallina? El techo estaba lleno de zamuros.

MUJER: (Con tono acusador) ¡Gua, pues ¿cómo que salieron de abajo? Voy a visitar a Misiá Rita. Si tiene pata para comer gallina, debe tener para pagarme el san... ¿No te parece, esta niña?

AUTOR: Así éramos de pobres, y también de limpios, cincuenta años atrás. La limpieza de la ciudad estaba a cargo del Aseo Urbano, de los zamuros y de los cochinos.

HOMBRE 1: Hasta hace poco tiempo era muy frecuente que cuando uno iba al interior y preguntaba al dueño de una casa, dónde podía hacer sus necesidades le respondiese con la mayor naturalidad:

HOMBRE 2: (Acento popular) Allá atrás en el corral, tras de aquellas matas de cambur...

HOMBRE 1: Muchas gracias, señor... • (Tres pasos.)

HOMBRE 2: Pero, un momento... ¿no se va a llevar el palo?

HOMBRE 1: (Con extrañeza) ¿Palo? ¿Y para qué?

HOMBRE 2: ¡Guá, y pá qué va a ser! Pa'espantá los cochinos.

ANCIANO: Cuando los excusados de hoyo se llenaban, había personas ¡qué ingrato oficio! que los vaciaban totalmente de su contenido dejándolos como nuevos. Nunca olvidaré esta escena que le ocurrió a mi viejo con uno de estos limpiadores. El hombre ejercía su oficio con dignidad y altivez. Luego de meter en el hoyo su vara de medir dio su sentencia:

LIMPIADOR: Son tres metros, a dos y medio, vienen siendo seis reales y medio...

PADRE: (Protestando) ¡Pero usted está loco, ño Marcos! ¿Cómo me va a cobrar dos y medio? Yo lo más que pago es real y cuartillo...

ANCIANO : No Marcos, con aire de majestad ofendida, pasó sus dedos por su vara librándola del objeto medido y diciéndole a mi padre:

Ño MARCOS: Ahí le dejo su mierda...

ANCIANO: ...salió a la calle con paso firme.

NARRADOR: Aunque no venga mucho a cuento, ¿sabían ustedes que los castillos en la antigüedad solían ser tomados a través de las letrinas? (Pausa) Había un cuerpo de zapadores de porquería que en medio del tenebroso contenido de los excusados que se abrían en el foso penetraban en la fortaleza sorprendiendo a sus defensores.

ANCIANA: Pero, qué poco heroicos eran esos guerreros...

NARRADOR: No crea, misiá, por el contrario, eran muy estimados, valiéndoles su esfuerzo de embarrarse y hasta de tragar cochinadas, honores y privilegios...

ANCIANO: (Filosófico) Bueno..., las cosas no han cambiado tanto. Es mucho el tercio que debe su posición social y política a su capacidad de comer mierda... ¿No vendrá de aquellos estrategas de letrina aquella castiza expresión cubana?

AUTOR: Caracas y todas las ciudades de Venezuela, a diferencia de lo que sucedía en el resto del mundo, eran singularmente limpias. En Madrid, hasta bien adentrado el siglo pasado, las calles eran un verdadero chiquero, pues se tiraban a la calle todas las aguas mayores y menores, al igual que los desperdicios. Es célebre el grito:

ESPAÑOL: (Arriba y en tercer plano) ¡Agua va!
(Tobo de agua al caer sobre la calle.)

ESPAÑOL 2: (Encolerizado) ¡Me cachi en la má! ¡Ahora mismo subo y te mato!
(Golpes contra un portal.)

ESPAÑOL 2: (Fuera de sí) Abre, ya de una vez, ¡hijo de perro y monja! ¡Abre, para darte tu merecido!

SERENO: (Que se acerca) ¡Cállese usted! ¿A qué viene tanto escándalo?

ESPAÑOL 2: ¿Cómo que a qué viene tanto escándalo? Mirad cómo me han puesto los del tercer piso. Me han calado de inmundicias de cabezas a pies... Me han dañado mi traje nuevo...

SERENO: Vuestra es la culpa, señor mío. ¿Quién os manda estar de paseo a las diez de la noche, que es la hora del agua?

ESPAÑOLA: (Arriba, tercer plano) ¡Agua va!
(Agua al caer.)

SERENO: ¡Maldición! Mirad cómo me han puesto. (Elevando la voz) ¡Eh, tú, mala pécora! ¿Es que no tienes ojo para ver a los cristianos?

ESPAÑOLA: (Burlona) Es la hora del agua, nene... Y si no te apartas te vuelvo a bañar... ¡Agua va!

AUTOR: Y no se vaya a creer que esta práctica era exclusiva de España. En Francia se pegaba el mismo grito:

MUJER: Gardez l'eau!

AUTOR: Y en Inglaterra se hacía otro tanto. En Curiosa Médica de este año leemos:

NARRADOR: El ¡Gardé lo! era un grito común cuando los cubos de aguas negras eran arrojados desde las ventanas. Como Londres, Edimburgo era notoria por el estado lamentable de sus calles. Allí el sonido de las campanas de la iglesia de Saint Gilíes, a las diez, era la señal para vaciar los desperdicios y la basura.

AUTOR: Se preguntarán ustedes, ¿y quién limpiaba las calles luego que pasaba la hora del ¡Agua va!? Pues, aunque ustedes no lo crean: los cochinos.

NARRADOR: En el Nueva York del siglo pasado era lo común. Y en Londres —según la referida revista— tenían el monopolio del aseo urbano los cerdos del hospital de Saint ' Anthony, los cuales, para distinguirse de los otros, llevaban atadas al cuello unas campanitas (ruido de cochinos y campa-nitas). Entre las seis de la tarde y las siete de la mañana, y por real privilegio, los cochinos de San Antonio además de saciar su hambre limpiaban a Londres de sus inmundicias.

AUTOR: Nosotros, con todo nuestro subdesarrollo, salvo el martes de Carnaval, jamás recurrimos a tales procedimientos. Ya desde 1713, según Arcila Paría, una ordenanza prohibía a los vecinos verter basura en la calle. Viejos carromatos recorrían las calles al amanecer llevándose las impurezas con las que no pudieron los zamuros, los cochinos y la candela. Oviedo y Baños, hacia 1725, celebra la limpieza de las calles de Caracas, «que por su disposición no toleran ni el polvo, ni el fango». Y así fue a todo lo largo de la historia —como viésemos, al igual que Cecilia Martínez—, hasta hace relativamente poco tiempo.

NARRADOR: ¿Qué sucedió, entonces? ¿Por qué Caracas, de una ciudad pulquérrima se ha convertido en este chiquero? ¿Es acaso falta de urbanidad?

AUTOR: Yo no creo que se trate de un simple problema de urbanidad o de una pura regresión de las normas culturales de higiene. Creo que hay algo más, que amerita serias reflexiones de mis colegas psiquiatras. Observen que contrasta la suciedad de las calles, con la limpieza de la gente y el ornato de las casas. Si fuera expresión de una cultura los caraqueños serían sucios y zaparrastrosos y el interior de las casas reflejaría la inmundicia exterior. Y eso afortunadamente no sucede.

NARRADOR: El estado de suciedad que se observa en Caracas no lo encontramos en la casi totalidad de las otras ciudades y pueblos de Venezuela.

AUTOR: Lo que habla a favor de mi tesis, de que algo extraño sucede.

NARRADOR: ¿Qué puede ser?

AUTOR: El amor al terruño es algo consustanciado con el ser humano. A todo el mundo le gusta ver limpia la ciudad donde vive. La urbe es una extensión de su hogar, es el gran hogar, es parte de sí mismo. Pero, ¿se siente lo mismo en una ciudad extraña, y que encima es hostil? Apenas el 40 % de los habitantes de Caracas son nacidos en ella.

NARRADOR: (Con sorpresa) ¿Cómo va a ser? ¿De modo que un 60 % de las personas que viven en Caracas son forasteros?

AUTOR: Exactamente. Si a eso añades que, por miles de razones que no son del caso enumerar, Caracas es una de las ciudades más inhóspitas del mundo, donde todo malestar tiene su asiento y su gente vive en permanente frustración, es razonable pensar que el acto de ensuciar es un acto de retaliación o venganza contra la ciudad que nos agrede. Fíjate, el Parque del Este. Sin desmerecer el celo de sus guardianes, es uno de los lugares más limpios de la ciudad y también el único grato de toda la ciudad. Otros parques y otros sitios, con idéntico personal y presupuesto, no logran los mismos efectos. La razón de esta diferencia posiblemente estribe en que la gente que lo visita, en agradecimiento a la paz que ofrece, le corresponde no ensuciándolo.


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