Según Herrera Luque: "Bolívar en Guayaquil"

AUTOR: La historia enseña, aunque parezca y sea inmoral, que la fuerza engendra derechos. Cuando una nación entra en litigios con su vecina, como lo estamos viendo en nuestros días y a todo lo largo de la historia, más vale una división de tanques en la frontera, por parte del poderoso, que todas las razones jurídicas que invoque el débil.
NARRADOR: Claro está que la nación agresora, por pudor elemental, busca siempre un pretexto:
Voz 1: Que si Kuperlandia era parte de Barataría antes del tratado de Versalles en 1919.
Voz 2: Que si los disturbios en la pequeña nación de Klik amenazan extenderse a la gran nación de Klak, poniendo en peligro su seguridad.
Voz 3: Que si la población de la provincia checa del Sudeten está constituida por una mayoría abrumadora de alemanes, y quieren ser parte de la Gran Alemania.
NARRADOR: Los sofismas adquieren a veces tonalidades rabiosamente inverosímiles.
Voz 1: El asesinato en 1914 del heredero del imperio aus-trohúngaro sirvió de pretexto a éste para arrebatarle a Serbia su independencia por el solo hecho de haberse consumado allí el regicidio.
Voz 2: En cambio Yugoslavia no le declaró la guerra a Francia cuando en Marsella asesinaron al rey Alejandro.
Voz 3: La Conquista armada de los pueblos de color por las potencias europeas se hizo invocando el derecho de civilizarlos.
NARRADOR: Adolfo Hitler, hacia 1940, hizo pública su intención de apoderarse de nuestra isla de Margarita-, según él, Venezuela fue provincia alemana en tiempos de los Belzares. Voz 1: Al Führer poco le importaba saber que Venezuela nunca fue provincia alemana, sino que fue arrendada a los banqueros alemanes Belzares, para su administración y beneficio por un tiempo determinado. Voz 2: Aparte de que Margarita en tiempos de los Belzares no
era provincia venezolana y no lo fue hasta 1777. Voz 3: Es como si Colombia pretendiese tragarse a Venezuela y al Ecuador, por haber sido ambas parte del Virreinato de la Nueva Granada.
NARRADOR: Ese es el problema: si Adolfo Hitler hubiese ganado la guerra y se hubiese salido con la suya, cualquier tribunal internacional, hubiese sancionado el despojo, tal como fue el caso de Etiopía, hace apenas cuarenta y cinco años. Voz 1: Ante las razones del poderoso no hay peros que valgan. Voz 2: Lo mismo que pasa en el terreno de la justicia humana,
acontece en materia internacional: gana el más fuerte. Voz 3: Sin embargo, es conveniente tener muy claros, aunque no sirvan de mucho a la hora de la verdad, los derechos que tiene un país sobre un territorio.
NARRADOR: Este enfrentamiento de intereses llevó a Bolívar y a San Martín a punto de guerra en 1822. San Martín, protector del Perú, argüía que Guayaquil era territorio peruano porque Carlos IV de España determinó, en 1804, que en lo militar esta ciudad dependía del Virreinato del Perú. A lo que respondía Bolívar:
LIBERTADOR: La ciudad de Guayaquil ha sido tradicionalmentc parte del Virreinato de la Nueva Granada, del cual la Gran Colombia es heredera.
Voz 1: ¿Qué tenía más valor jurídico: la reciente disposición de un rey contra el que se habían insurgido, o el peso del tiempo y de la tradición? Voz 2: (Caviloso) La verdad que no es fácil decidirse. Los dos
parecían tener razón.
Voz 3: Me parece que tenía razón San Martín... Voz 1: Ganó, sin embargo, Bolívar. Voz 2: ¿Y por qué?
Voz 3: Vamos a explicarlo a continuación. NARRADOR: Ambos libertadores, en vista de la disputa existente por el referido puerto convinieron en una entrevista. Posiblemente el Libertador del Sur tenía una mala información de los ejércitos venezolanos y neogranadinos. Pensaba, sin duda, que le sería muy fácil apoderarse de Guayaquil, con su prestigio y el ejército argentino. El Libertador del Sur venía desde hace tiempo muy enfermo; padecía de una enfermedad gástrica y su ánimo estaba muy decaído. Manuela Sáenz lo conocía muy bien: su íntima amiga Rosita Campu-zano había sido amante de San Martín. ¿Cuánta información suministraría Manuela al Padre de la Patria sobre los puntos vulnerables de su adversario? Éste por otra parte tenía graves problemas políticos y militares. Voz 1: El ejército español, refugiado en la Sierra, casi intacto,
amenazaba constantemente a la zona liberada del Perú. Voz 2: San Martín enfrentaba graves pugnas internas de sus
aliados y subalternos. Voz 3: No estaba, por consiguiente, en las mejores condiciones
para hacer valer sus derechos sobre Guayaquil. NARRADOR: El Libertador, que era un maestro en argucias y
golpes escénicos, estaba cabalmente enterado de todo esto. Voz 1: Cuando apareció la flota argentina frente a la ciudad en disputa, las calles de Guayaquil estaban embanderadas con el amarillo, azul y rojo de nuestra bandera. (Ruidos callejeros, caballos al paso todo el tiempo.) VENEZOLANO: Esto no me parece muy diplomático que digamos... Izar nuestra bandera cuando todavía no se ha decidido la suerte de Guayaquil. LIBERTADOR: No se preocupe, mi amigo: el tigre come por lo ligero. Ante los hechos cumplidos el más pugnaz de los políticos se inclina. (Pausa) ¿Está todo el ejército en la calle? VENEZOLANO: Todo, Libertador...
LIBERTADOR: Muy bien... Hay que darle una impresión de fuerza a San Martín... (Con sorpresa y leve disgusto) ¿Y qué hace ese cuerpo de húsares, ahí? VENEZOLANO: Montan guardia ante la Catedral, a donde vendrán sus Excelencias.
LIBERTADOR: ¡Que se vayan inmediatamente al muelle! Todo aquel que tenga uniforme, que esté presente cuando desembarquen los argentinos. No quiero que San Martín crea que tengo un ejército de desarrapados.

(Caballos al paso. Muchedumbre. Gritos de júbilo.)
Voz 1: ¡Viva Bolívar!
Voz 2: ¡Viva la Gran Colombia!
Voz 3: (Una voz fuerte) Su Excelencia, el Libertador. ¡Presenten arm...!
(Eefecto adecuado. Marcha militar venezolana.)
LIBERTADOR: (Con alegría) Da gusto ver a nuestro ejército... parece un ejército napoleónico... ¡Adiós caraj, mírame al negro Leonardo Infante disfrazado de húsar!
VENEZOLANO: Ya entra a la rada la nave de San Martín...
LIBERTADOR: ¿Qué esperan, pues? ¡Comiencen a disparar los cañonazos del homenaje...!
(Salvas.)
NARRADOR: El Libertador abordó una chalupa para salir al encuentro de San Martín, quien desde el puente de navio escudriña perplejo la ciudad embanderada con nuestro tricolor y aquel ejército ricamente trajeado y en perfecta formación.
SAN MARTÍN: Yo no contaba con esto. ¿No me habían dicho acaso que los venezolanos eran unos infelices? Lo que tengo ante mi vista es muy diferente... ¿Y por qué flamea su bandera en la ciudad cuando todavía no hemos llegado a ningún
acuerdo?
NARRADOR: La respuesta se la dio el propio Libertador apenas abordó la nave capitana.
LIBERTADOR: (Jubiloso) Bienvenido, General San Martín, al suelo de la Gran Colombia...
NARRADOR: San Martín, como lo previo el Libertador, se inclinó ante los hechos cumplidos. A las setenta y dos horas, luego de reconocer los derechos de Bolívar sobre Guayaquil, se reembarcó hacia el Perú. Es rigurosamente histórica esta frase dirigida a uno de sus oficiales.
SAN MARTÍN : (Con melancolía) Buenas que nos la hizo el General Bolívar...
AUTOR: ¿Hubiesen sido iguales los resultados si en vez dc'l ejército aguerrido que mostró el Libertador, hubiese habido unos pocos lanceros, mal armados y peor vestidos? Por supuesto que no. Seguro que se hubiese hecho valer la decisión de Carlos IV de que Guayaquil dependía jurisdiccionalmentc del antiguo Virreinato del Perú. Con razón escribió Maquiavelo: «Al fin y al cabo los únicos profetas que triunfan son los profetas armados». ¡Acuérdense de Mahoma! La justicia internacional, para los efectos prácticos, y como lo demuestra la historia contemporánea, no ha variado mayormente desde entonces. Por eso es bueno para la buena salud de Venezuela, que además de tener sus papeles en orden se mantenga vivaz, atenta y en forma. ¿No les parece?

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