Bautizo del Libro "Al azar del viento" (09/06/12)


Me habría gustado que mis hijos estuvieran hoy aquí, pero sé que dos corazones en Berlín y uno en Barcelona estarán latiendo con alegría por mí, a esta hora.

En primer lugar mis agradecimientos a la Fundación Herrera Luque por invitarme a presentar mi novela en estos espacios, rodeada de los libros de ese gran escritor que fue Pancho Herrera. Gracias a todo el personal y a la directora de la Biblioteca. En especial mi agradecimiento a María Margarita Herrera, guardiana de la memoria, promotora incansable de la literatura.

Gracias a Roberto Lovera de Sola, a quien considero el mayor estudioso de la literatura actual femenina, por sus acertados comentarios y apreciaciones. Desde que le entregué la novela no pudo detener su lectura. Sus mensajes me llegaban al celular y me indicaban su progreso: voy por la página 100, por la 120. Su entusiasmo fue un gran aliciente y pensé que si Gabriel había quedado hechizado por Al azar del viento era posible que yo hubiera escrito algo importante. Gracias Roberto por la entrevista que me hiciste y por tu generosidad para con mis textos.

Agradezco a mi esposo, José Sánchez Lecuna, por su paciente comprensión a mis procesos escritúrales, a mis editores la doctora Lesbia Quintero y Alberto Andrade, en especial a la doctora por haber creído en mi obra, para incluirla en los títulos de su recién nacida editorial, a mi fotógrafa de portada, a mis primeros lectores, a la familia, a los amigos y a los nuevos amigos que hoy conoceré. A blanca Arbeláez, por sus profundas lecturas de mis textos. Un agradecimiento muy especial a mis testimoniantes, al doctor José Agustín Cátala, in memoria, al profesor Agustín Blanco Muñoz, y a todas las voces anónimas y generosas que iluminaron mi búsqueda.

El agradecimiento central y más importante es para Milagros Socorro, esta gran maestra que me ayudó a comprender y a escribir la novela en sus vibrantes clases del Ateneo de Caracas. Después de dos libros de cuentos publicados yo consideraba que el cuento era mi expresión creativa primaria junto con la poesía. La novela representaba para mí un territorio desconocido. El largo aliento que requiere, la dedicación que exige, y la contemplación constante de nuestro mundo interior, me parecía un trabajo titánico. Y fue Milagros, con su sabiduría y su apoyo, quien me alentó a escribir la novela. Recuerdo que ella decía siempre: "Si tienen un buen tema, no lo suelten, afórrense a él", y eso fue lo que hice.

Admiro en ella la alta factura de sus conocimientos literarios, su comprensión profunda del hecho escritural, su valentía, su defensa frontal a la literatura, a sus principios. Gracias, Milagros.

Quiso el destino que en París mi cuaderno de notas tomara un giro especial y que mis palabras fueran hilvanando la historia de dos amantes que habían vivido un gran amor, un conflicto político de graves proporciones y un exilio en la capital francesa. La historia de los amores de Pedro Estrada y una mujer de la alta sociedad caraqueña asomaba en cada cuartilla escrita, venía a mí en el recuerdo de una antigua conversación en la trastienda de una galería de arte. Cuando regresé entrevisté a personas que conocían la historia. Por cosas del destino fui encontrando mucha gente que estaba dispuesta a contar los hechos, inclusive hallé el testimonio que dio el mismo Pedro Estrada a Agustín Blanco Muñoz, en 1983.

Confieso que durante el proceso surgieron en mí sentimientos contradictorios. No podía justificar a Pedro Estrada por sus tropelías políticas, pero tampoco podía falsear lo que mis testimoniantes me habían dicho. El personaje que inventé, Roberto Yánez, no tiene toda la maldad que caracterizó a Pedro Estrada en el imaginario colectivo venezolano. Tampoco Guillermo Vegas, el marido de Helena, es real. Ambos son personas de ficción. Tampoco Helena es ninguna mujer en particular y es muchas, a la vez, es el retrato de toda mujer que amó y fue capaz de dejar de lado las convenciones sociales de su época para vivir su amor.

Recomiendo la lectura de la novela desde lo ficcional y no desde los hechos en la que está basada. De esta forma el lector se liberará de expectativas y podrá disfrutar de ella.

La vida dibuja un árbol y la muerte dibuja otro, eso dijo Roberto Juarróz, en su 4ta poesía vertical.
La vida dibuja un árbol y la muerte dibuja otro. La vida dibuja un nido y la muerte lo copia.
La vida dibuja un pájaro para que habite el nido y la muerte, de inmediato, dibuja otro
pájaro.

La muerte persigue a la vida causando eterna inestabilidad. La vida siempre trata de crear, la muerte se burla de ella y busca la destrucción. Entonces quedamos "al azar del viento", como dice tristemente Helena en su exilio. Este título lo escogí porque me pareció que la novela refleja el torbellino del destino, la falta de seguridad en todas las acciones humanas. Nuestra vida cotidiana, sin pausa y sin tregua, en contacto permanente con los mandatos de la vida y los simulacros de la muerte, desamparados de los dioses, aferrados a utopías inútiles, a un eterno sinsenndo, enfrentados diariamente a la locura, la muerte, la intolerancia.

Una noche, en un baile, Roberto Yánez echó en la copa de champaña de Helena unas perlas. Quiso así hacer público su amor por ella. Esa fue la imagen recurrente que caracterizó estos amores tan controversiales. De ahí que hoy, por sugerencia de Ratina, de la Librería El Buscón, haré pública la novela con un bautizo de perlas.

Después disfruten de mi obsequio. De nuevo, gracias infinitas a todos por venir.

Ana María Velázquez



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