Textos del homenaje realizado a Isaac Chocrón (1/12/2011)

Belén Lobo, Miriam Dembo  (invitadas)
y Cristina Guzmán (organizadora)
ABRAZADOS

Belén Lobo

La víspera, la vimos Rodolfo y yo en el Teatro Municipal en la presentación, por primera vez en Caracas, del Harkness Ballet y la participación de Vicente Nebreda como intérprete. Yo vi a Mercedes, mi bella amiga; pero Rodolfo... ¡vio a una reina! ¡Vio a Mercedes Chocrón! "Estoy feliz", dijo ella. "Tengo un bello apartamento en Altamira y allí estoy con Ariel y mis dos hijos pequeños. ¡Tienen que venir!" En la noche del día siguiente todo había terminado para ellos. ¡Los encontraron abrazados en medio de los escombros, víctimas del terremoto!

Conocí primero a Isaac siendo ambos adolescentes. Él amaba el ballet y yo, además, lo estudiaba. Juntos oíamos música, entrábamos y salíamos con Vicente Nebreda del Teatro Municipal como si fuera nuestra casa y yo entraba a la de Don Elias Chocrón como si fuese la mía. Un día juramos, los tres, que nos encontraríamos en Times Square ¡y así fue!

Isaac estudiaba en la Columbia University y yo en la School of American Ballet. Vimos todos los musicales de Hollywood, frecuentábamos el Moma; vimos las coreografías de Balanchine en el City Center y caminábamos hasta el amanecer por los muelles de Nueva York. Fuimos hermanos entrañables, al punto que fue padrino de mi hijo Rhazil, adoró a Valentina y en cierto modo fue no sólo tío sino padre de Boris. Así quedó estampado en la dedicatoria de El vuelo de los avestruces, la primera novela de Boris: "A José Ignacio, Isaac y Rodolfo, mis padres*. Boris tiene igualmente tres madres: Sofía, Lucía Bosé y Belén.

Después vinieron las novelas, los ensayos y las piezas teatrales que le dieron celebridad y el privilegio de ser el primer venezolano en iniciar en el pais lo que podría llamarse la literatura judía. Es más, la exploración dramatúrgica de la vida y comportamientos de las familias judías sefarditas en el país venezolano. Porque sus obras: Animales Feroces, Mesopotamia, Clipper, Solimán el magnífico, Tap dance se refieren al mundo judío; y hay mucha alusión autobiográfica en sus novelas.

Si hay un momento de adorable memoria es el que tiene que ver con la intensa relación que se dio entre Vicente Nebreda, John Lange, Isaac y yo cuando trabajamos los cuatro en el libro que escribí sobre Vicente titulado "Nebreda Nebreda", diagramado por John y cuyo extraordinario prólogo lleva la firma de Isaac Chocron. El éxito social, económico y literario; su casi frágil y exquisita sensibilidad; su aguda ironía y mordacidad no evitaron, sin embargo, que la soledad estuviese siempre al acecho. Mauricio, el hermano menor, murió en Las Vegas mientra jugaba en uno de los casinos y la muerte de Luis Salmerón, su bello amigo, lo abrumó sobremanera pero él dominó esa muerte incorporándola a "Escrito y sellado", una de sus piezas más terribles y dolorosas. Pero jamás volvió a mencionar el nombre de Mercedes y mucho menos las trágicas circunstancias de su muerte. La amortajó con el silencio y fue tal vez su pena más intensa porque no pudo traspasar con ella el límite que habría podido transformarla en ficción abrazada a sus hijos Inés y Jasso junto a Ariel Severino entre los escombros del terremoto caraqueño del 29 de julio de 1967.

***


ATRAPADO EN UN SOPLO MÍSTICO 

Rodolfo Izaguirre


Era la una de la madrugada y se quejó porque sentía un dolor, un ardor en el estómago. Sara se acercó y comenzó a sobarle suavemente en la parte adolorida para reconfortarlo diciéndole palabras de aliento. Sara contó, después, que él la miró con una mirada muy triste, cerró los ojos y murió.

Fui muchas veces con Belén a ver a Isaac Chocrón en su casa, antes y durante la larga y penosa enfermedad que padeció y constataba para mi propia desolación que la enfermedad a lo largo de aquellos dos últimos años se arrastraba dentro de él, avanzaba silenciosa y sin piedad. Pero a medida que su organismo se debilitaba se iba formando en torno a su cuerpo una suerte de iluminación que brotaba desde adentro embelleciéndolo como si el dolor y la lejana tr cercana presencia de la muerte le otorgara una aureola de serenidad capaz de resolver los enigmas que tal vez en vida no supo descifrar. Era tan fuerte aquel magnetismo o irradiación que emanaba de su cuerpo, ya frágil y atormentado por el dolor y el asedio de la muerte, que sentí en mí la necesidad de amor y la inclinación de pedirle la bendición a pesar de que apenas era un año mayor que yo. Se había convertido no en mi hermano, ni en mi amigo o en el padrino de mi hijo Rhazii y el hermano también de Belén sino en mi padre. Me envolvió y me atrapó el soplo místico que logró alcanzar a pesar de no haber sido hombre de marcadas devociones religiosas; lo que explica también la estimulante tolerancia que sostuvo hacia la religión de los otros. Veneraba una imagen de Santa Teresa de Jesús y era amigo entrañable de Rafael Baquedano, sacerdote jesuíta a quien todos amamos.

La primera vez que lo vi, sin ser presentados, fue de lejos frente al mar Caribe. Yo era un joven de poco más de veinte años y estaba con Alfredo Silva Estrada, Adriano González León, Esdras Parra, Roberto Guevara, amigos que acostumbrábamos visitar a la escritora Antonia Palacios en su bello apartamento de Laguna Beach. Tumbado sobre la arena y desde donde yo estaba, vi que en un pequeño grupo sentado en sillas de playa estaba un joven que podría tener mi edad. Al ver la manera tan desacostumbrada de cruzar las piernas, la elegante vivacidad de sus manos al moverse como si tuviesen vida propia y el encanto que emanaba de él, supe al instante, intuí, tuve el palpito de que era Isaac Chocrón porque nadie en aquel país venezolano de los años sesenta podía ser tan deslumbrante.

Después tuve el privilegio de escucharlo, leer sus primeras novelas, asistir a sus piezas teatrales y constatar lo que también ya sabía: que era dueño de una inteligencia esclarecida, una ilimitada capacidad de sarcástico humor y un asombroso talento para alternar la narrativa y la dramaturgia al punto de haber construido no sólo un importante corpus novelístico sino una obra dramatúrgica densa, intensa y en buena parte autobiográfica.

Hace treinta o cuarenta años atrás, en tiempos del marxismo militante venezolano, éramos pocos los que apostábamos por la dramaturgia de Isaac Chocrón a quien calificábamos de frivolo, por decir lo menos. Estábamos equivocados! Hoy, contrariamente, se le considera como uno de los dramaturgos latinoamericanos cuya obra no sólo continúa intacta sino que desafía a un tiempo que, a su vez, irradia sobre ella el resplandor de una sorprendente vigencia y actualidad. Una dramaturgia que, al centrarse con audacia en los conflictos humanos, enfrenta igualmente, con inteligente mordacidad, las angustias de un país. Un teatro ágil, brillante y al mismo tiempo sólido, esencial; adentrado en los espacios de la conciencia y del corazón en los que nuestra propia memoria permanece amparada, protegida y defendida, también hoy, de los animales feroces que acechan a una familia pensante y sensible a la que pertenecemos.

En un determinado momento de la conversación sostenida por Isaac Chocrón durante la Segunda Semana Sefardí que Susana Rotker incluye en el libro "Isaac Chocrón y Elisa Lerner. Los transgresores de la literatura venezolana", Isaac refiere su sorpresa cuando le preguntó al violinista Pinkas Zuckerman si era judío. El músico, que nació en Tel Aviv en 1948, le contestó que no; que era israelí y que cuando decía que era israelí no tenía ya por que dar más explicaciones. Contrariamente, es lo que Isaac estuvo haciendo toda su vida: explicarse, explicar su judaismo. El asunto está en que ser israelí, es decir, haber nacido en Israel, es un hecho. Lo que sostenía Isaac es que ser judío venezolano, es una opción que implica al mismo tiempo un compromiso y ese compromiso consiste en mantener vivos no sólo su pasado sino el futuro. Y él, Isaac, siendo sefardí se sentía heredero y responsable de la nación venezolana. Esta herencia acompañada de la noción de responsabilidad fue lo que tanto emocionó a Milagros Socorro cuando hizo la presentación formal de este novedoso ensayo de Susana Rotker sobre los conceptos de marginalidad y minoría a partir de la obra de Elisa e Isaac estos dos dramaturgos judíos venezolanos. Isaac, en todo caso, es el iniciador en Venezuela de la literatura judía. ¿Que cómo lo describiríamos utilizando únicamente adjetivos? Nombremos las palabras amoroso, risueño, chispeante, mordaz, espontáneo. Un ser afligido por la soledad; un ser solitario en permanente combate contra la soledad; un hombre de exquisita y casi frágil sensibilidad que envolvió su madurez en resplandores místicos.

¡Después de mirar a Sara con una mirada llena de profunda tristeza, murió!

***


Intervención de Miriam Dembo

Un buen día, Juana Sujo me preguntó si conocía un joven venezolano llamado Isaac Chocrón que le había llevado una obra suya llamada "El Quinto Infierno", a fin de que ella le diera su opinión.

A ella le pareció que el joven tenía talento y no sólo produjo su obra en el "Pequeño Teatro del Este", sino también interpretó el papel estelar de la pieza.

Corría entonces el año 1961 y Juana estaba feliz de regresar a la escena, después de una larga enfermedad. Hablaba con emoción sobre su nuevo debut y estaba visiblemente contenta de poder echarle una mano a un joven escritor venezolano.

El personaje central que Juana interpretaba en la obra era el de Betsy, una periodista norteamericana que vivió, sintió y padeció diez años en Venezuela y acababa de regresar a su país.

No es mera coincidencia el que Isaac, al igual que Betsy, había regresado hacía poco tiempo de los Estados Unidos, donde había vivido y cursado estudios, desde la secundaria hasta la universidad. Los problemas que Chocrón plantea en esta obra son problemas venezolanos, vistos en perspectiva, desde el exterior.

"El Quinto Infierno" resultó ser una obra de gran éxito, tanto por parte de la crítica como del público. En su columna de "El Nacional", RARS comentó Entre otros críticos: "Por las virtudes y defectos que analiza y la valentía de la exposición, opino que es obra que quedará incluida en la antología del teatro venezolano".

Poco tiempo después, Isaac concluyó una pieza llamada "Asia y el Lejano Oriente." Ya Juana había fallecido y el Pequeño Teatro del Este no pudo sobreviviría.

Una noche se presentó en mi casa y me propuso que, con esta pieza hiciéramos una producción independiente. Era una locura porque ninguno de los dos tenía experiencia alguna como productor. Pero nos lanzamos . Llamamos a Román Chalbaud que en seguida decidió formar parte de la aventura y para la escenografía contamos con la colaboración de Víctor Valera y la Nena Zuloaga. Logramos reunir un excelente elenco y obtuvimos un éxito de público y de crítica y nos quedó una pequeñísima suma de dinero que guardamos, algo así como 2000 bolívares y ese fue el comienzo de El Nuevo Grupo. El resto es historia.

Isaac ha sido, con razón, aplaudido y admirado por su talento. Pero tenía también otras virtudes. Entre otras, un entusiasmo contagioso y un encanto peculiar, mezcla de talento y calidez. Se conquistaba a la gente y, sin gran esfuerzo, se hacía querer.

***

Pequeño recuerdo para Isaac por Elisa Lerner

Vita de Stefano
El mundo, en medio de un sol radiante, a veces, está a oscuras. Codicia, desigualdad, celos, pelea entre hermanos, hombres infernales que se apoderan de la felicidad de sus pueblos, mentiras, muchas mentiras, sufrimiento. Pero nunca hay que olvidar las "Grandes Esperanzas" que dio título a una de las más deliciosas novelas de Charles Dickens. Para paliar la oscuridad siempre aparece algún hombre, alguna mujer que, a través de su talento, de su trabajo, de su generosidad traen consigo una dicha de vida, la luz de una estrella pròxima y cercana. Uno de ellos fue Isaac Chocrón.

Desde su varia trinchera Isaac no solo fue el más prolífico de los autores de teatro en el paìs. Por sí mismo, uno de los más conspicuos hacedores de la modernidad venezolana. De seguro el que propuso temas o, más bien, los personajes más contemporáneos que zascandilean aflijidos por la escena y por la vida. En sus piezas mayores o en las que más nos seducen, la familia nunca tiene los naipes completos para armar el juego de la felicidad. Los recuerdos de esas parentelas, a veces, son como dentelladlas feroces. Las palabras surgen como el fuego rápido de los cohetes en la noche. El sueño de la felicidad familiar es solo sueño, la familia puede ser un agobio para una senda distinta hacia el esplendor o la libertad.

Isaac Chocrón es autor teatral variopinto y en sus piezas de familia los que discrepan -y discrepan mucho- no se hablan a gritos. Isaac ha sido como el director de una orquesta de cámara y solo permite decir a ciertos personajes lo que casi puede cotejarse como susurro sarcástico. Todo ha quedado en casa porque Isaac como el judío admirable que fue siempre tuvo presente que la familia es el más prado más hermoso por cuidar. Venida la gente de Israel de un largo exilio la heredad sanguínea ha sido la patria donde resguardarse de la intemperie histórica.

Venezolano feliz durante mucho tiempo, admirado y querido por tantos, Chocrón no solo fundó familias en el teatro, también en la vida. Desde noviembre de 1961, aproximadamente, en la ciudad de Nueva York, tuve la suerte inmerecida que me elegiera como su hermana. Así ha sido durante todos estos años mientras paliaba las incorrecciones de la vida con su don de humor único y un trabajo para el que no se dio tregua como hombre de teatro, novelista y hacedor cultural.

Isaac murió un sábado a medianoche. La hora en que en Blanca Nieves, de acuerdo al Cuento de Hadas, pierde la zapatilla. Ahora entiendo, después de tantos años, porque ya no hay más danza para la zapatilla perdida.

Julie Restifo (lectura dramatizada)

Javier Vidal (lectura dramatizada)

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