Según Herrera Luque: "Políticos Carismáticos".


Voz 1: ¿Por quién vas a votar tú?

Voz 2: Todavía no lo sé. De una parte me gusta mucho César; es un hombre bueno, inteligente y honrado; pero también simpatizo mucho con Camacho: además de tener las virtudes de César, Camacho es hombre enérgico y decidido a la hora 1 de la verdad.

Voz 3: Tiene un defecto muy grave, para ser candidato.

Voz 2: (Con desagrado) ¿Cuál?


Voz 3: (Lapidario) Le falta carisma...

AUTOR: ¿Qué es el carisma, del que tanto se habla?

NARRADOR: No sé definirlo con precisión; pero es algo así como una gran simpatía personal...

Voz 3: Es cierto magnetismo que irradia de la persona...

Voz 1: Es lo que antes se llamaba ángel o duende, un no sé qué, que no se puede expresar, pero que potencializa en forma irracional las cualidades de un hombre... María Callas tenía ángel; Manolete, duende.

Voz 2: Pero yo no quiero a Camacho ni para cantante, ni para torero; sino para presidente de la República. No veo qué necesidad tiene de tener carisma.

Voces 1 y 3: (A dúo) ¿Cómo que no?

Voz 3: El carisma es indispensable para el líder, el caudillo...

Voz 1: Sin carisma, un político no va a ninguna parte...

Voz 2: (Burlón) Ustedes están más pelados que cuello’e señorita. López Contreras, Isaías Medina y Raúl Leoni, para no hablar de los vivos...

AUTOR: (Interrumpiendo) Aparte que por contrato no puedo hablar después de 1935.

Voz 2: (Prosiguiendo) Pues como les iba diciendo, los presidentes mentados, además de haber sido unos gobernantes con mayúscula, no se caracterizaron precisamente por eso que ustedes llaman carisma... Eran hombres llanos, malos oradores, sin esa brillantez...

AUTOR: (Alarmado) No siga, mi amigo, circunscríbase de 1935 para atrás...

Voz 1: Y se puede saber ¿por qué ustedes no pueden hablar de 1935 en adelante?

NARRADOR: Porque no hay historia contemporánea.

AUTOR: Con el perdón de usted, y así pasa en otros casos, eso de hablar de historia contemporánea es una licencia, un artificio lícito que no se ajusta al concepto que muchos tenemos de la historia.

Voz 2: ¿Y por qué?

AUTOR: La historia de verdad verdad, es reflexionar sobre el pasado en función del presente. Sólo el tiempo determina la verdadera importancia y calificación de un hombre y de su obra. La historia necesita tiempo, distancia prudencial para cumplir sus objetivos. Cuando uno lee libros de historia escritos al calor de los acontecimientos se da cuenta de lo cierto de esta afirmación. Se leen de repente cuarenta o cincuenta páginas sobre el General Fulano y su campaña de 1892 y uno se pregunta: ¿Quién es el General Fulano y qué tiene que ver su gesta con la Venezuela de nuestros días?

Voz 2: Pero, como siempre, nos salimos del tema, que era hablar del carisma...

NARRADOR: Usted fue el culpable de esta larga digresión cuando comenzó a jurungar a los ex jefes de Estado que todavía están vivos. Respóndame: en su opinión, ¿cuáles han sido los hombres más carismáticos que ha tenido Venezuela antes de 1935...?

Voz 2: Gómez, por ejemplo, no era carismático.

Voz 1: ¿Cómo que no era carismático?

NARRADOR: Era temible, que es otra cosa.

AUTOR: Carisma es seducción; sumisión incondicional, casi amorosa, de los hombres hacia el líder, caudillo o conductor.

Voz 1: Déme, entonces, un ejemplo de gobernante carismático.

AUTOR: El Libertador es el caso más acabado.

Voz 1: Pero el Libertador despertaba también muchos odios.

AUTOR: Eso es una prueba de carisma. El tipo carismático despierta odios y afectos poderosamente irracionales. O se les ama sin cortapisas o se les detesta sin medida.

Voz 2: ¿Cuál es la razón de tal fenómeno?

AUTOR: No es fácil de explicar en pocas palabras; pero surge del inconsciente colectivo, de la voluntad profunda de la raza; encarna y representa la voluntad de una nación o de la Humanidad.

Voz 1: ¿Por qué entonces son amados y odiados al mismo tiempo?

AUTOR: La Humanidad no es homogénea. Está hecha de «estratos» contrapuestos. Cuando se es héroe en un estrato, se es antihéroe en el otro.

Voz 2: ¿Son buenos los tipos carismáticos para gobernar a una nación?

AUTOR: Depende...

Voz 2: ¿Depende de qué?

AUTOR: Del momento histórico en que les corresponda vivir. Son buenos e indispensables para los momentos de los grandes cambios sociales, como fue el caso de Bolívar y Winston Churchill. Churchill fue un hombre carismático que le comunicó a Inglaterra y al mundo su fe para oponerse a dos seres igualmente carismáticos, como lo fueron Hitler y Mussolini. Pero pasados los momentos emergentes los tipos carismáticos no son buenos para gobernar.

Voz 1: ¿Por qué?

AUTOR: Porque una cosa es luchar, vencer, aniquilar al enemigo, y otra construir y administrar lo conquistado. La primera posición recurre a la parte irracional del hombre; el buen gobierno se fundamenta en una relación racional e inteligente entre gobernantes y gobernados. Churchill, a pesar de sus méritos colosales, fue puesto de lado por los ingleses —que saben más que perro’e ciego— porque no era bueno para la segunda etapa.

NARRADOR: Guzmán Blanco y Cipriano Castro, dos carismáticos del siglo pasado, fueron muy malos gobernantes. En cambio Rojas Paúl, cero carisma, fue un excelente presidente.

AUTOR: Yo creo que un buen gobernante debe ser como el cuerpo cuando está sano; no se siente.

Voz 2: Por eso es que voy a votar por Camacho.

Voz 3: Pues yo votaré por César. ¡Qué carisma!

Voz 1: Yo primero voy a ver cómo se comporta Reagan, que como todos los buenos comediantes tiene un gran carisma.

Voz 2: Si es por eso no te confíes, porque son pocos los políticos con aspiraciones presidenciales que no sean grandes comediantes. Se conducen, no como deben hacerlo, sino como la gente quiere que lo hagan. Por lo menos mientras son candidatos.

Voz 1: Díganos una cosa. Usted leyó ese libro, «Los enfermos que nos gobiernan». ¿Qué opina de él?

AUTOR: El tema es muy viejo. Yo mismo lo había tratado en 1969 en uno de mis libros. Los políticos con ambición de poder tienen demasiadas singularidades como para ser genuinos representantes del sentir mayoritario. La democracia, para que ustedes vean, tamiza esa peculiaridad, cada quien vota por sí mismo.

Voz 1: ¿Es usted partidario de someter a los candidatos presidenciales a una experticia psiquiátrica?

AUTOR: En modo alguno. Ni uno solo aprobaría el examen. El afán de poder es extraño al hombre común, sano y mayoritario.

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